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domingo, 22 de marzo de 2009

El asunto de la ciudad


Aunque se le suele etiquetar como “novela gráfica”, Watchmen fue una serie de doce comic books publicados entre septiembre de 1986 y octubre de 1987, que aprovechaba la historia de varios superhéroes jubilados a la fuerza por el gobierno de Estados Unidos para hablar del arte, de la metrópolis del siglo XXI, del tiempo y los recuerdos, de la soledad, el amor, el vacio, la justicia, los políticos, el mundo, las guerras, la vida, la muerte…

Quizá una adaptación televisiva de doce capítulos hubiera funcionado mejor que una película, que tanto se presta a la crítica fácil. Lo cierto es que hay un esfuerzo enorme detrás de la adaptación. Y mentiría si dijera que no tiene partes realmente disfrutables. Especialmente para alguien que haya leído y disfrutado el comic.

En mi opinión, es un gran homenaje, pero una película fallida. Y yo lo achaco al asunto de la ciudad.

La Nueva York del tebeo era una ciudad sucia, desquiciada, desesperanzadora, gris, opresiva y triste. El centro de la diana a la que el holocausto nuclear apunta sus dardos. Un matadero gigante y sin futuro lleno de seres humanos extraviados en el devenir de los tiempos. La de la película, sin embargo, me resultó un decorado gigante de cartón piedra, muy caro y vistoso, en el que casi se podían intuir las cámaras y sus operadores, los micrófonos de jirafa colgando del techo y los largos pasillos entre las paredes falsas que hacen las veces de edificios, llenos de cables y atrezo.

Se pueden robar las historias. Cada uno de sus detalles, por nimios que resulten para el conjunto, con el noble propósito de ser fiel. Pero es imposible robar el alma de una obra. Todas las adaptaciones deberían tener una propia. Un nuevo corazón que bombee sangre a cada parte del relato. Una ciudad nueva donde puedas percibir las existencias errantes que habitan tras las paredes de las casas.

La Nueva York de la película estaba vacía, carecía de lo que Bart Simpson le vendió a su amigo Milhouse escrito en un trozo de papel por cinco míseros dólares. Y, por eso, Watchmen (the movie) no me gustó.

martes, 27 de enero de 2009

Maldita memoria

Había olvidado la belleza de Kate, sus pecas y su eterna huída hacia ninguna parte. La cara de puteao de Desmond, siempre metido en marrones, y su acento escocés a la hora de pronunciar la palabra mágica: “brodah”. Había olvidado la mirada de Jack en frente de un cuerpo inconsciente, sus manos de médico buscando un antídoto, su eterna voluntad de salvar la vida de los demás. Había olvidado la fuerza de Sayid, el torturador iraquí, su agilidad felina, sus ropas llenas de sangre. La inocencia de Hugo y su enorme cuerpo del yanqui que siempre elige el menú super size. La cicatriz de Locke, sus aires de suficiencia y su machete clavado en la carne caliente.

Había olvidado la ironía de Sawyer, sus apodos ofensivos y esa sensación que desprende de oler siempre a sudor, a salitre y a tierra. Había olvidado la psicología de Ben, sus ojos azules de rana, sus palabras envenenadas. Los labios de Juliet y su voz serena. Las finas maneras de Sun, su elegancia propia de la nobleza coreana.

Había olvidado los aviones cayendo del cielo, envueltos en llamas, arrancando vidas de cuajo. El azul del mar, que se extiende hasta donde alcanza la vista. El poder de la isla, sus puntos de encuentro, su poder hipnótico, la vegetación frondosa, los fantasmas que la habitan y la constante inquietud del que sabe que va a pasar algo, pero jamás puede aventurar el qué.

Había olvidado la sensación de claustrofobia, de soledad, de vacio, de necesidad de redención. El perverso halo de la muerte, acechando en cada esquina. Como el final de cada capítulo, sus cuatro malditas letras blancas planeando sobre un fondo negro y el irremediable síndrome de abstinencia.

Lost ha llegado a su quinta temporada y me tiene cogido por los huevos.

Había olvidado la sensación de placer. Nuevo capítulo el jueves. Volvemos a estar en el juego.

martes, 30 de diciembre de 2008

Ciento y una meadas en el jeto

TMEO edita su número 101 antes de que acabar el año, con la grandísima portada alusiva a la crisis financiera cortesía de Furillo (donde hay pelo, hay alegría) que corona este post. Al final, aunque llegó a la redacción de guasíbilis (porque lo fui a comprar a la tienda), no se hizo reseña del anunciado número 100, que resultó como todos los especiales: fastuoso, pero no tan bueno como la versión original del producto.

Sin embargo, nunca es tarde para enlazar esta bonita composición con las 100 primeras portadas de este fanzine ubicado en Vitoria (donde imagino tiene que hacer ahora mismo un frío que pela). A partir de ahora, si alguna vez nos surge una pregunta del tipo: "¿qué se hablaba en los bares de Oñati donde se permitía el consumo de estupefacientes, allá por el 89?", lo podremos saber de un rápido vistazo a este mapa conceptual. Veintitantos años de historias e intrahistorias en un solo jotapegé.

Una delicia también para cualquier juez ansioso de cerrar más publicaciones que atenten contra el honor de nuestra nunca bien pagada monarquía.

Ésta es de lo más normalita.

Hoy me ha pasado algo relacionado con todo esto que no me resisto a contar. Un viejo con gorra y cara de persona amable me ha sorprendido leyendo en la parada de autobús, lo que le ha provocado mucho placer. El buen hombre me confesó que estaba hasta los cojones de las maquinitas (le dan dolor de cabeza) y que hacía muchísimo que no veía alguien leyendo "aunque fuera un tebeo".

También me preguntó si se seguían vendiendo y enumeró una lista de personajes que recordaba haber leído de joven: el Capitán Trueno, el Guerrero del Antifaz, los hermanos Zipi y Zape, Carpanta...

Creo que el paisano se ha quedado con las ganas de saber qué estaba leyendo yo, precisamente un TMEO (como siempre trabajando para la audiencia). Desgraciadamente, cuando el señor me empezó a hablar, la página que estaba degustando mostraba una gitana enseñando dos latas de atún enormes escondidas debajo de las tetas y, en viñetas posteriores, la misma fulana extrayendo una morcilla y un chorizo de su culo y vagina, respectivamente (con todo lujo de detalles furillescos). Seguramente demasiado escatológico para el gusto del pobre anciano, que se acababa de reconciliar con el mundo.

En fin, que es una revista impresentable. Pero hace amigos en la parada de autobús.

Y como estamos es una época muy mágica y todo eso, os dejo el enlace a este regalito que el legendario tmeolari Mauro Entrialgo colgó hace un tiempo por la red.

miércoles, 8 de octubre de 2008

BCoNanism(o)

Viendo ese tostón bautizado ‘Vicky, Cristina, Barcelona’, mi mirada se dirigía sin querer hacia el extremo inferior de la pantalla. Estaba buscando números de teléfono de hoteles, horarios de restaurantes o cualquier tipo de información relacionada con la comida y vinos que los protagonistas consumían sin parar. Menos mal que por eso de las apariencias, uno todavía puede meter un narrador que te destripe los detalles de las localizaciones sin tener que caer en la publicidad más burda.

Al que esto escribe, el bodrio mediterráneo firmado por el genial realizador neoyorquino Woody Allen se le antojó como un interminable publirreportaje de una España exótica que ninguno de nosotros conoce (ni nadie conocerá), destinado a un público objetivo bastante pedante y un poco imbécil.

Me pregunto, dicho sea de paso, cuántas americanas picarán el cebo y vendrán para Barcelona buscando a tipos de pelo en pecho, como Bardem, que les pasen su lengua latina por la pocha.

"Ponle la mano un poquito más abajo, por favor" (Allen dixit)

La película Allen del año 2008 no es más que una mísera pajilluela, comparada con los polvos de hora y media estilo recién salido de la trena con los que el director nos abofeteaba hace años. Pero para verdaderas pajas, las que Woody se ha tenido que hacer en los tiempos muertos del rodaje.

El único incentivo real para ver la película (para hombres heterosexuales y lesbianas) es el trío de bellísimas actrices que van desfilando por la pantalla (bueno, al resto puede que les atraiga Bardem y su sempiterna barba estilo Miguel Bosé). A estas alturas, para el director de 'Delitos y Faltas', el cine parece ser lo de menos. Ahora, lo más importante es el largo número de actrices buenorras con las que todavía no ha trabajado y a las que puede pedir (¡ordenar!) que enseñen un par de centímetros más de pierna.

"¿Vamos a ver un partido del Barça?"

Es una desgracia que, sin embargo, mucha gente de aquí (hablo de crítica especializada, no sólo bloggers necios como yo) la haya puesto tan bien. En muchos casos, claramente, por tratarse de “la película española de Woody Allen”. Pues bien, todavía no puedo presumir de haberme tragado toda la filmografía del director de 'Zelig', pero de las muchas pelis suyas que he visto, esta es sin duda la peor. Y el hecho de que la acción transcurra en Barcelona, Oviedo y Avilés (tres ciudades que conozco -soy 10% asturiano-) no hace si no empeorar esta pobre historia, tan "sexy" como vacía. Todo me resulta una caricatura, empezando por la ciudad de Barcelona y el mismo concepto de "película de Woody Allen" (un género en toda regla). Y poco me importan las actuaciones de Bardem o Cruz (o de Scarlett, a quien amo en secreto), cuando el conjunto tiene tan pocos argumentos en los que sostenerse.

Si todavía pueden evitar verla, no se animen. En estos tiempos de crisis, hay millones de cosas mejores en las que invertir seis euros.

Woody Allen en Oviedo buscando un concierto de flamenco.

sábado, 27 de septiembre de 2008

El Futuro

Aunque los amigos de esta casa ya saben que siempre hemos profesado más amor y admiración por su hermano Agustín, el director de cine Alex de la Iglesia también es un creador muy del gusto de guasíbilis. Aún recuerdo aquella maravillosa sesión de cine en los albores de la navidad de 1995 en la que visioné, por primera vez, la inconmensurable e imprescindible El Día de la Bestia. Con trece años de mierda, pude sentir una revelación (en parte cinefila, en parte freak), gracias a una película hecha en España, y rodada en un Madrid oscuro, desquiciado y cruel. Hacer una peli española diferente (sin renunciar a lo de enseñar teta) se podía.

La nueva mierda del director bilbaíno, la sitcom Plutón BRB Nero, es la mejor noticia del catodismo ibérico desde Muchachada Nui. Curiosamente, ambos productos televisivos comparten muchas cosas. Ambas se emiten en La 2 (nuestros impuestos también valen para algo), y comparten el mismo espíritu de producto televisivo rompedor, divertido, inteligente, lleno de cultura popular y, por encima de todo, de calidad. Además de un mismo actor: el gran Carlos Areces (ese joven Rappel).

Grande Querejeta.

En el año 2530, la Tierra ha sucumbido finalmente a la obra de la humanidad y la supervivencia de la raza humana en el planeta parece harto complicada. Por eso, el popular presidente de los Estados Unidos del Mundo, Maculay Culkin III, envía al espacio una nave, Plutón BRB Nero, encargada de encontrar un planeta al que trasladar los resquicios de nuestra civilización. Además de una tripulación bien bizarra de humanos y robots comandada por el Capitán Valladares, el trasbordador también lleva una nevera llena de humanos congelados (5000), que ejercerán de colonos en nuestra nueva casa, y un extraterrestre sanguinario, pero muy listo, útil y poderoso (y asqueroso), llamado Roswell.

¿A qué les suena? A mí a Star Treck, Futurama, Alien, Forbidden Planet... También a las aventuras galácticas (y bizarras) de la ópera prima de su director, Acción Mutante. Plutón BRB Nero es una comedia de ciencia ficción que hará las delicias de aquellos espectadores cansados de la ultrarreiterativa ficción televisiva española. Porque seguro que a ustedes también les pasa que están hasta los cojones de las insoportables y penosas series de aquí: mal actuadas, peor dirigidas, con argumentos más repetidos que las coletillas de Chiquito de la Calzada (dios le bendiga), minutajes excesivos y la terrible sensación de que todos los involucrados (director, guionistas, actores) toman al público por una panda de gilipollas.

La 2 está inventando la televisión de calidad del futuro. De momento, el segundo realizador más famoso del bilbaíno barrio de Indautxu ha sentado un precedente ideológico (también es posible pasarlo bien viendo tele española), que se ha visto confirmado con el primer capítulo emitido el pasado miércoles, 24 de septiembre. Ahora mismo, todo el equipo de Plutón BRB Nero debe estar sintiendo que pisan un terreno catódico virgen, un jardín donde nunca ha sido arrancada una sola flor, parafraseando a John Cleese. De la Iglesia rueda con cámara de cine y, como es normal, se queja de la poca calidad visual con que La 2 ha emitido el primer capítulo. Los que trabajan en esta serie tienen muchísimo amor y respeto por lo que hacen, y tambien por su público. Ya era hora.

Carolina Bang interpreta a la robot con la que todos quisiéramos surcar el espacio.

El que esto escribe, a sus 26 años, ha disfrutado tanto del primer capítulo emitido, como disfrutó con 13 de la primera vez que vio El Día de la Bestia. Hay esperanza en el cine español, y también en televisión. Gracias a una robot buenorra y ligera de cascos llamada Lorna, al pelota y capullo de Querejeta (sublime Carlos Areces), la amistad entre una máquina que no tiene sentimientos pero le joden las cosas y un humano, y esa deliciosa estética futurística y guarra, muy en consonancia con su sentido del humor.

Al final, La 2 emitirá de nuevo este domingo el primer capítulo, por los problemas en la calidad de emisión de la primera proyección y, el próximo miércoles, el segundo episodio. La temporada tendrá 13 capítulos. Para seguir informados, lo mejor es que consulten el blog oficial de la serie. Si se han perdido el primer capítulo y resulta que, además, los miércoles suelen estar ocupados, no se preocupen. En la página de la serie en rtve.es podrán ver todos los capítulos emitidos, totalmente gratis. Lo dicho, ha llegado el futuro y nosotros estamos aquí para verlo. No seamos tan merluzos como para perdérnoslo.


miércoles, 17 de septiembre de 2008

Lista de razones 15 para amar desaforadamente a Me llamo Earl


1. Porque una lista (la lista), precisamente, es el leit motiv de la serie. Y todo hace pensar que la segunda durará lo que la primera.

Por si no han visto ni un sólo capitulo de la serie, resumo el planteamiento: Earl Hickey, un redneck chorizo de algún estado del sur de los USA, gana 100.000 dólares en la lotería. Justo cuando celebra su suerte, es arrollado por un coche y acaba en el hospital, donde comprenderá que todas las acciones malas que ha hecho durante su vida le han conducido a ser un desgraciado bicho (teoría del karma). Como Earl quiere ser mejor persona y que le pasen cosas buenas, redacta la lista de malas acciones pasadas que irá tachando una por una, compensando de alguna forma a los damnificados.


2. Porque su actor protagonista es Jason Lee, que luce un bonito bigote natural. A una larga lista de gente como yo, este señor nos trae muy buenos recuerdos: su debut a las ordenes de Kevin Smith en Mallrats, Persiguiendo a Amy... Los que le hemos visto crecer en la pantalla, estamos contentos de que haya encontrado su sitio en el mundo de la actuación, aunque haya tenido que ser en la tele. Por si alguien no lo sabía, antes de ser actor, Lee fue skateboarder. Y además es cienciólogo, pero eso lo contamos más tarde.

3. Porque es una sitcom que formalmente respeta los mandamientos de la nueva ola de series que se toman en serio a sí mismas y al género: está grabada con una sola cámara de cine, gran parte de la acción transcurre en exteriores, tiene una estética propia muy lograda, paga homenajes a clásicos del cine, cuenta con actores fantásticos, además de maravillosos y sorprendentes guiones temporalmente no lineales, un arco narrativo que también nos lleva adelante y atrás a antojo de la dichosa lista, es políticamente incorrecta y no tiene risas enlatadas, ni errores narrativos (esas hermanas de los protagonistas que aparecen y desaparecen, o los secundarios que un capítulo son zurdos y, al siguiente, dejan de serlo para siempre). Además, su única catchphrase (esas irritantes frases que se dicen mucho: "para dentro Romerales") es: "Hola Earl", y su correspondiente "Hola, hombre Cangrejo".


4. La mayoría de puntos de la razón de arriba nos llevan a: porque su creador, Greg García, sabe lo que quiere y, qué cojones, sabe cómo hacerlo.

5. Ya hemos hablado de lo buenos que son sus guiones y de que es políticamente incorrecta. Bueno, pues por si no ha quedado claro: porque tiene chistes cojonudos (sonrisa continua y carcajadas garantizadas). Al fin y al cabo es una sitcom, ¿no?

6. Por el gusto a la hora de escoger su banda sonora. Canciones míticas de Lynyrd Skynyrd, Bob Marley, Queen o The Doors siempre entran bien, cuando acompañan al torrente de sensaciones audiovisuales indicado. Pero escuchar también a Nick Drake en estas circunstancias es una doble alegría para el oído intrépido.


7. Quijote y Sancho (cuánto tiene Earl de Quijote, y cuánto su hermano de Sancho), Mortadelo y Filemón, Hernández y Fernández, Astérix y Obélix, Jay y Bob el silencioso, Batman y Robin, Martes y Trece, Faenino y Cansado, Herminio y Miguelito, Tim Binsley y Daisy Steiner, Sam y Dave, Hedu y Borka.

Porque el protagonista siempre necesita un escudero, un amigo, una pareja, especialmente cuando hablamos de humor (que es cosa de dos), y Earl tiene a su hermano Randy, que es un poco lento, pero muy entrañable.

8. Porque el segundo idioma de la serie es, indiscutiblemente, el español. Claro, si no la ven en VO, eso nunca lo sabrán.

9. Porque su universo es puramente white trash. Earl es jodida basura blanca, y su hermano, su ex mujer y el resto de blancos que salen en la serie. El resto son negros que se han sometido al plan nacional de cambio de identidad, inmigrantes mexicanas sin papeles... El mundo de Me llamo Earl es rural, esa América freak. La gente fuma, se emborracha, juega al billar, va de putas y escupe en el suelo. Este Springfield donde vive Earl también está lleno de secundarios tarados y memorables... Bueno, aquí hay más de una razón, tal vez.


10. Por Joy, la ex mujer de Earl. Rubión con curvas, ojos lindos y labios carnosos. Una auténtica hija de puta, más mala que la rubeola.

11. También por Catalina, la mexicana ilegal (Nadine Velázquez, la actriz, es yanqui de descendencia portorriqueña), que también está bien curiosa.


12. Porque, según algunos críticos, es un panfleto de los ideales de la iglesia de la Cienciología. No en vano, sus dos actores principales, Lee y Ethan Suplee (su hermano en la serie), son correligionarios de Cruise y Beck. Y, bueno, ya saben ustedes que en este rincón cibernético apoyamos cualquier iniciativa de organizaciones como esta (el PNV, la iglesia anglicana, los evangelistas, el ku klux klan, los surfistas católicos, el Athletic de Bilbao), sin ánimo de lucro o poder, y que intentan hacer de este mundo un lugar más habitable y bueno.

13. Porque en este medio, la tele, se venden muchas cosas, pero sobre todo mucho miedo, mucha inseguridad, muchos estereotipos falsos, muchos remedios de palo contra la soledad y casi no quedan cosas inocentes como esta. Hacer cosas buenas para que te pasen cosas buenas (y tal vez, para construir un mundo mejor) es el discurso más ingenuo que he oído en la tele en mucho tiempo en un producto dirigido a adultos. Y sin embargo me gusta. Es optimista, igual que Earl, y no tiene más moral que la que cada uno le quiera dar.

14. Casi se me olvidaba, porque Earl tiene un pasado oscurísimo. Ha sido un macarra cabrón desde bien pequeñito. Y sólo hace falta echar un vistazo en su lista.

15. Porque la cuarta temporada comienza el próximo 25 de septiembre.

Si necesitas más razones. Aquí podrás ver una buena tanda de capítulos, en inglés con subtítulos en castellano. Disfruta.

martes, 12 de agosto de 2008

Por favor, no se la pierdan

Space Oddity

Wall E, dirigida por Andrew Stanton, es la última película de la factoría Pixar (Toy Story, Monstruos S.A, Buscando a Nemo, Los Increíbles, Ratatouille). He estado repasando mi lista de superlativos y me ha parecido demasiado floja para escribir un post más largo sobre esta maravilla del cine contemporáneo. Seguramente esta misma tarde la echen en su sala de cines más cercana. ¿A qué esperan?

miércoles, 16 de julio de 2008

'Cause suicide is painless

Hay viajes que duran más de lo esperado. Hay viajes que se convierten en pesadillas de las que es imposible escapar. Hay viajes que nos salvan la vida o, según se mire, nos condenan a un largo martirio. Como aquello que contaban los marineros sobre los naufragios, que uno nunca sabe si la suerte la tienen los supervivientes o los ahogados. Pues lo mismo pasa con las explosiones nucleares. Uno nunca sabe si vivirlas en primera fila, donde la muerte es espectacular e inmediata, o a cincuenta kilómetros del epicentro, donde la radiación llega en forma de desechos humanos y dolor, mucho dolor.

Perry y Gordo se libraron por los pelos del ataque nuclear norcoreano sobre Seattle, la ciudad donde solían vivir. La bomba estalla mientras ellos vuelven de una reparadora semana respirando el aire limpio de la montaña. Perry es un reputado informático, que se dice alienado, desencantado con su gris vida de nerd pegado a una pantalla. Gordo es un trapichero cualquiera. Son una pareja de urbanitas acostumbrados a comprar la comida en el supermercado de la esquina, lista para calentar en el microondas.

La bomba ha estallado en la ciudad y no hay mucho más que nuestros protagonistas sepan sobre lo que realmente ha ocurrido o está ocurriendo en Seattle. La radio no funciona y la información que llega de fuentes oficiales es escasa y sesgada. Se encargan de decir que todo va bien, pero en los bosques que rodean el epicentro de la catástrofe se palpa la desesperación, la confusión, el pánico, el caos. Los que han conseguido escapar de la ciudad tienen la piel quemada y sus ojos han perdido toda la esperanza. Los que han vivido el atentado desde fuera de la zona de radiación, no estarán dispuestos a mezclarse con los contaminados. Y nadie sabe qué cojones está pasando en el resto del país.

La principal pregunta que plantea Apocalipsis Friki (Peter Bagge, La Cúpula) es hasta dónde estaría dispuesto a llegar un "young urban professional freak" para sobrevivir una catástrofe nuclear en un entorno hostil: la montaña. Una pregunta extensible a cualquiera de nosotros, lectores de cómics y amantes de los what if... (qué pasaría si...). ¿Serías capaz de traicionar a tu mejor amigo si eso significara un día más de supervivencia? ¿Estarías dispuesto a robar? ¿A matar? ¿A comer carne humana? O aprovecharías la última bala del cargador para ponerle fin al tonto sufrimiento de vivir, cuando sabes que cada segundo que te queda por delante va a ser pesado y doloroso.

Apocalipsis Friki es el libro más jarto e inquietante de todos los que he leído de los firmados por ese gurú llamado Peter Bagge. La mayoría le recordaréis por ser el autor de la maravillosa serie Odio, que según informaba ayer el Blog Ausente, está siendo actualmente reeditada en "volúmenes integrales". En la introducción a Apocalipsis Friki, Bagge recuerda que un diplomático de Corea del Norte se jactó en la radio "de que su país tenía (...) capacidad de lanzar una bomba nuclear contra Seattle". Esto ocurría a principios de 2003, cuando el gobierno de George W. Bush ultimaba los detalles de la invasión de Irak. El autor recuerda que encontró la noticia "bastante desconcertante, ¡entre otras cosas porque vivo en Seattle! Naturalmente empecé a especular con el "y si..."

Y continúa diciendo, "estoy seguro de que todo el mundo se ha imaginado que pasaría si fuese el último ser humano en la tierra, o uno de los pocos supervivientes de algún tipo de desastre monumental. Para mí, este tipo de imaginaciones toman la forma de una fantasía, en la que tengo suficiente comida y recursos para no sólo sobrevivir sino también prosperar, mientras deambulo por un planeta sin trabas, recogiendo los restos de la civilización. Para este libro, me he obligado a imaginar de la forma más honesta y realista cómo serían las cosas para alguien como yo viviendo esa situación, con pocas o ninguna habilidad para sobrevivir."

La nueva obra del maestro del comic underground noventero es uno de esos cómics que se acaban de una sentada y dejan un dulce sabor de boca. Personalmente, han sido mis 13 €uros (13, precisamente) mejor invertidos de todo el mes de julio. El señor J Calduch posteaba, no hace mucho, esta apasionada reseña, en la que insistía que esos 13 €uros era todo lo que usted necesitaba para sobrevivir el Salón del Cómic de Barcelona de este año.

Recapitulando: el dibujo de Bagge es el de siempre (inconfundible), plasmado además con las tres bellas tintas que pueden apreciar en las viñetas expuestas, el sentido del humor también sigue siendo Bagge, pero la tónica general es mucho más sombría de la que estamos acostumbrados. Sobrevivir no va a ser tarea fácil. Los que lo leamos, sin embargo, lo tendremos un poquito más fácil cuando empiecen a caer las bombas en el horizonte. Ya estaremos preparados para el viaje.

lunes, 14 de julio de 2008

Deaft Jockey

Un servidor todavía es de los que se dejan caer por el cine y se meten, a ciegas, a ver cualquier película de título prometedor o cartel sugerente; siempre que no haya algún título que quiera ver de antemano, claro está. Lo cierto es que me aburro mucho y el cine es el único espectáculo que puede pagar mi agujereado bolsillo y ahora, en verano, los rinconcitos más frescos de la ciudad están en las salas de cine, ya saben. Ayer domingo, después de un largo debate interno frente a las taquillas, descarté meterme en Indiana Jones, porque no iba acompañado, ni tenía dinero paracomprar palomitas, y me decidí finalmente por La Leyenda del Dj Frankie Wilde, de la que no recordaba haber oído nada, pero que era británica e iba a tener aquello de sexo, drogas y todo lo demás a destajo. Al fin y al cabo, se trata de la historia de un DJ, ¿no?

Si ustedes son aficionados a la música y al cine, recordarán ese momento en el que Steve Coogan (disfrazado de Tony Wilson, en el nunca bien ponderado film 24 hour party people) pasea por la Hacienda, el famoso club de Manchester, y señala la cabina del DJ. La música popular acaba de cambiar para siempre, el público ya no anima a una banda o a un solista. Hay una nueva entidad mística en la música que crea ruido con dos viejos platos y una colección de vinilos que, por la edad del músico, deberían ser de su padre. Una entidad que nace espiritualmente en los sound systems jamaiquinos de la década de los 70, encuentra su identidad en las barriadas de Nueva York y Manchester en los 80 y alcanza su particular cúspide en las catedrales del baile de Ibiza. A estas alturas, no sorprende a nadie la figura de un pinchadiscos levantando a golpe de mezcla sonora a una masa drogada, enamorada y sudorosa que implora más desde la pista de baile. Más música, más amor, más drogas, más sudor, más Disc Jockeys... hasta que llegue el amanecer y, entonces, ya veremos...

La historia de It’s all gone Pete Tong (título original de La Leyenda de...) cuenta la historia de Frankie Wilde, el DJ más popular de Ibiza. Lo ha sido durante once años y su vida, como la de cualquier otro DJ famoso en esa isla del Mediterráneo, gira entorno a sus cascos, sus platos, la mesa de mezclas, su colección de chanclas, largas rallas de cocaína, mujeres exuberantes, paseos en yate, y todos esos motivos por los que cualquiera quisiera ser DJs, aunque no le gustara la música de baile. Frankie es uno de esos DJs que no sólo pincha discos, sino que juega con el cuerpo de la peña con sus ráfagas de beats, subidas, bajadas y más subidas. Con el simple movimiento de sus dedos, Frankie hace olvidar los problemas mundanos y susurra en el alma de los que bailan. Frankie es un DJ y productor musical único, que vive en una mansión con piscina en Ibiza, la capital de su cultura, y que se ha casado con la supermodelo que aparecía en su último vídeo musical. Lleva la palabra fiesta tatuada en la frente y a las cuatro de la mañana de un sábado, subido a la cabina del DJ, es capaz de hacer magia con el ruido.

Desgraciadamente, Frankie tendrá que hacer frente a la mayor tragedia que puede ocurrirle a un DJ en Ibiza, o cualquier otra parte del planeta: quedarse sordo. Sordo como una puta tapia. Y ahí comienza la verdadera historia de It’s all gone Pete Tong.

Entré a ver La leyenda del DJ Frankie Wilde porque me gustó el cartel y porque me gustan las pelis que van de música, drogas y fiestas, porque no me apetecía ver la cuarta parte de Indiana Jones sólo y sin palomitas, y porque era domingo, hacía un calor de la hostia y no tenía nada mejor que hacer que pasar un rato en el cine. Y no había oído hablar en mi puta vida de la película, ni del DJ Frankie Wilde, que podría ser tan real como usted, como yo o como los Spinal Tap. Echando un vistazo en el imdb nada más llegar a casa, descubro que efectivamente, Frankie Wilde es los Spinal Tal del siglo XXI. Y que "it’s all gone Peter Tong" era una expresión que se utilizaba en las calles de Inglaterra a principios de esta década, que jugaba con el nombre de un DJ de la BBC, Tong, como sustitución de "wrong" (por lo que viene a significar “todo ha ido mal”); además del título de una de las mejores películas que he tenido el placer de ver este año en el cine. Y entré a ciegas, qué suerte la mía. En esta inmensa base de datos en la que me leen, también he sabido que la película, en realidad, se estrenó en 2005 en el resto de países civilizados (!) y que al nuestro ha tardado en llegar lo que dicen sus cuentas mentales, doblada y con un título ridículo. Pero ha llegado (que no es poco).

La extraordinaria historia de la subida, caída, redención y desaparición del mejor DJ de Ibiza, el que un día viendo al Arsenal por la tele se empezó a quedar sordo, está rodada como un documental, con testimonios de gente real, extractos de programas de televisión, actuaciones en directo... y como una ficción. Una suerte de mezcla mágica entre los dos títulos de cine musical de los que hemos hablado. Cuenta, por cierto, con la sublime interpretación del actor británico Paul Kay, en el papel de Wilde, y con la dirección del canadiense Michael Dowse, que también ha rodado otro fake musical llamado FUBAR: the movie, que seguro que alguno de ustedes ya ha visto y yo me estoy bajando ahora, junto a esta misma de la que hoy hablo, pues ardo en deseos de verla en versión original.


Nunca he estado en Ibiza, pero me la imagino así.

Ayer estuve de viaje por la isla de Ibiza. Visité sus clubs, paseé borracho por sus calles y disfruté de sus bellos paisajes e inmensos atardeceres naranjas. Sentí el humo artificial de la disco en mi cara y mis ojos quedaron cegados por las ráfagas de luces. En la pista de baile, las chicas, ligeras de ropa, restregaban sus cuerpos sudorosos con la multitud y en las alturas, el DJ nos inyectaba su música, que hacía reacción al entrar en contacto con las pastillas que nos acabamos de comer, llevándonos de un lado a otro como marionetas. No lean más y compren ustedes también su billete para la película del verano (de hace tres años), será un viaje inolvidable.

miércoles, 25 de junio de 2008

VHS


Hace unos meses, mi amiga Panotxa nos intentaba convencer del valor de su vieja colección familiar de cintas VHS. En un momento de la conversación me pidió ayuda, tal vez pensando que como nostálgico congénito me iba a apiadar del formato en el que vimos las grandes películas de nuestra infancia. Sin embargo, en un arrebato de estupendismo, le negué mi ayuda. Argumenté que mientras los vinilos (formato sonoro que defiendo a muerte) tenían mayor calidad sonora que los cds, portadas enormes para fijarse en los detalles más minuciosos y ese momento mágico en que colocamos la aguja sobre el surco de plástico; el VHS no tenía nada por lo que merecía la pena ser recordado.

Para empezar, el BETA (formato de video casero comercializado por Sony a mediados de los 70) tenía mayor calidad que el VHS; pero los consumidores no supimos elegir. El BETA permitía, por ejemplo, regrabar una cinta millones de veces sin perder un ápice de calidad. No en vano, BETA fue el formato elegido por los profesionales de lo audiovisual, y sólo el formato digital ha conseguido relegarlo de televisiones y productoras. Sin embargo, los usuarios domésticos nos tuvimos que conformar con el VHS, cuya cinta se jodía la quinta vez que grababas encima, la calidad de imagen era una broma, igual que la del sonido y habían de ser rebobinadas. Personalmente, odiaba pasarme cinco minutos (o díez) delante del video, viendo como caían los minutos, esperando que la puta cinta acabara de rebobinarse (nota para los nacidos a partir del 90: rebobinar era el proceso que devolvía la cinta magnética de un videocassete al principio).

Le dije a la Panotxa que se dejara de hostias y abrazara de una vez por todas la revolución digital. "¡Toda tu colección de cintas en unos cuantos DVDs, sin niebla inoportuna, ni el engorro de rebobinar! ¡Bienvenida al siglo XXI!"

Visionando Be Kind Rewind (Rebobine, por favor en España), la nueva película del director de cine francés Michel Gondry, recordé irremisiblemente a mi amiga y su sentimental apego por el VHS. La acción transcurre en un viejo videoclub (llamado, precisamente, Be Kind Rewind) sito en la ciudad suburbana de Passaic, Nueva Jersey, que todavía no ha migrado su catálogo VHS a las nuevas tecnologías digitales. En un golpe de mala fortuna electroestática, todas las cintas del videoclub quedan borradas. Así que los culpables del desastre, Mike y Jerry (Mike ha sido dejado al cargo del videoclub por el dueño, Mr. Fletcher), tratarán de compensar el desastre regrabando los videocassetes con sus propias versiones de clásicos como los Cazafantasmas, Robocop, Cuando éramos reyes... Proceso artístico que ellos bautizan como suecar películas (sweded en el original).

Sin tener la carga de profundidad, ni la calidad del conjunto de los dos últimos filmes del realizador francés (Eternal Sunshine of the Spotless mind y Science of Sleep), Be Kind of Rewind es una película con mucho cine y muchos telones de fondo. La peli habla del amor por el cine, el dilema propiedad intelectual, la perversa industria y el incomprendido público. Y, por otra parte, de la pérdida de identidad de las ciudades, sus habitantes, edificios y sus comercios, en beneficio de la machacona globalización, que todo lo homogeneiza (o del placer de rebobinar una vieja cinta VHS o el de devolverla al videoclub sin haberlo hecho). Un discurso (un tanto edulcorado, todo sea dicho) que he interpretado, entre otras cosas, como una defensa de la identidad (personal y grupal).

Paseando a Miss Farrow.

Por eso, viendo Be Kind of Rewind, pensé en mi amiga Panotxa abrazando su estantería llena de cassetes VHS; devolviendo a la vida las cintas que le descubrieron muchas de las grandes películas de su vida. Por qué iba a tener que deshacerse de toda su colección de VHS de Woody Allen o de la cinta de Dirty Dancing, casi gastada por completo, que veía todas las navidades junto a sus hermanas. ¿A quién le debería importar la calidad de la imagen y el sonido, el espacio que ocupa o los diez minutos que tarda en volver hacia atrás, si esas cintas están grabadas con el cine según uno lo ha concebido siempre? Luego pensé que no es tan absurdo, al fin y al cabo, querer conservar todo eso y aspirar a que las cintas sigan formando parte de tu vida en sucesivas reproducciones. Por eso nunca me volveré a poner en contra de alguien que defienda su colección de VHS y creo que le debía una disculpa a mi amiga...

jueves, 24 de abril de 2008

Verbalizando

"Ya te lo dije."

Parece que algún mandamás televisivo español ya se ha puesto las pilas. Hoy se inaugura en el canal digital FOX la cuarta temporada de Lost, motivo de obvia enhorabuena para todos aquellos que veais (craso error) la serie doblada al castellano. Curiosamente, los que seguimos Lost en inglés, echando mano de las descargas directas, también podremos disfrutar hoy del noveno capítulo de la cuarta temporada. Ya saben que por aquello de la huelga de guionistas de Hollywood, sólo se pudieron emitir ocho de los dieciséis capítulos planificados para esta tanda. Hemos tenido que esperar un mes y pico, pero Kate (ay, Kate) y los demás supervivientes están de vuelta. Así que todos deberíamos estar contentos, muy contentos...

Tiene algo la cuarta temporada de Lost que le ha vuelto a insuflar vida a la serie. Es lo suficientemente reveladora como para rescatar a todos aquellos fieles que pensaron que muchas de sus preguntas jamás tendrían respuesta y, a la vez, lo suficientemente ambigua como para que muchas de las dudas sigan flotando en la densa y pegajosa atmósfera del Pacífico Sur. Obviamente, según se despejan unas dudas, otras van apareciendo en el horizonte. Pero la clave espiritual de esta cuarta temporada, lo que la diferencia del resto, es lo que algún personaje (precisamente en el capítulo 8, el último emitido en inglés) llega a verbalizar.

Los guionistas han dado un salto casi mortal. Después de años sin soltar prenda, apuntando las cosas que nos querían decir con el dedo, esperando que nosotros descifráramos o asumiéramos algunos de los enigmas centrales de la trama; por fin se pronuncia la frase que todos habíamos esperado oír alguna vez. Propondré un símil para tratar de explicarme. Imaginen una pareja de adolescentes enamorados. Después de meses cogiéndose tímidamente de la mano, de algún besito furtivo en la mejilla y algún paseo por el parque; al varón le entran ganas de tocar teta y todo lo que sigue. Así que un buen día, sentados en el banco, comiendo una bolsa de pipas, al chaval le da por decir aquello de "pichurri, te quiero".

Bien, ambos lo sabían. Pero hay cosas que son tan obvias que a veces da vergüenza decirlas. Hay cosas que sólo excitan cuando quedan por verbalizar, cuando todavía son (parecen) un enigma y están envueltas en un mágico halo de ambigüedad. Algunas chicas, sentadas en ese banco, destrozarían entre sus dientes la última pipa, se levantarían y dejarían a su enamorado compuesto y sin teta. Otras respirarían aliviadas pensando, "por fin lo ha dicho, por fin se han cumplido mis sospechas", suspirarían y se entregarían en brazos de su macho.

La verdad es obvia y ha de ser verbalizada en algún momento. Porque verbalizar supone confirmar, hacer saber que todos estamos hablando de la misma cosa; pero también trazar una ralla en el suelo que dice: "a partir de aquí ya nada volverá a ser lo mismo". Cuando una serie de televisión lleva viviendo casi cuatro años de la ambigüedad, al verbalizar alguna cosa que todos sabíamos o nos imaginábamos, a algunos seguidores se les pondrá la cara roja de vergüenza y dirán "vaya mierda". Pero esto es "el principio del fin", amigos. Al menos, ese es el título del primer capítulo de la cuarta temporada. Y para terminar lo que se empezó con un accidente aéreo, hay que trazar de una vez por todas la ralla en el suelo y decir: "quédense en tierra todos ustedes, cartesianos beligerantes porque a lo mejor no se habían dado cuenta, pero esto es una serie fantástica (no como adjetivo calificativo, sino como género narrativo)".

Espero haber sido lo suficientemente ambiguo para los que no hayáis visto lo emitido hasta ahora en la cuarta temporada. Y espero que los que ya la hayáis visto sepáis de lo que hablo. Por cierto, no quisiera invitarles a que continúen disfrutando de la serie sin cagarme en algún redactor de El País. En el reportaje "Más perdidos que ayer, pero menos que mañana", la redactora Carmen Pérez-Lanzac demuestra que si ha visto algún capítulo de la serie, seguramente no prestó demasiado interés. Primero establece una serie de dudas pendientes, la primera de las cuales es "¿Por qué hay y cómo ha llegado un oso polar a una isla en pleno Pacífico?", y yo me pregunto, ¿es realmente importante saber el origen de los jodidos osos polares después de ver tres temporadas de locuras descomunales? ¿Merecen explicación cada uno de los enigmas planteados?

La redactora decide, luego, llenar su noticia de spoilers y señala que "surgirán otros enigmas, como el Black rock, un barco del siglo XVI que aparece encallado en la isla". Además de que el barco proceda del siglo XIX (algo intrascendente anyway), ¿soy el único que vio por primera vez ese barco en la primera temporada? No sé, no sé... el pasado viernes, otro redactor del mismo diario, señalaba en un reportaje dedicado a la serie en el suplemento de tendencias EP3 (heredero del Tentaciones) que los otros son la iniciativa Dharma. En serio, ¿no sería obligatorio ver una serie antes de hablar de ella? Y, como ya señaló Ángel Sefija: "es cierto que las personas normales siempre localizamos numerosas falsedades cuando leemos una noticia en el periódico sobre un tema que controlamos. (...) ¿Qué mentiras nos estarán contando estos cabrones todos los días sobre ciencia, economía o política?".

Para quitar este mal sabor de boca mediático, les recomiendo leer este grandísimo post del señor Xabibenputa acerca de esta bendita serie.

actualización 25 abril: Tampoco se pierdan los jugosos comentarios de mycroft a esta entrada, ni este imprescindible post que ha colgado hace unas horas en Micronesia relacionado con Lost.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Enamorado de Juno

Ella se llama Juno, es el tipo de chica a la que tu madre mira mal cuando llevas a merendar a casa y que tiene una banda de rock’n roll (como la de la canción de Loquillo). Tiene 16 años y, aunque es guapa, graciosa e inteligente nunca llegará a ser la reina del baile de graduación. En realidad es la chica más especial del instituto. Hasta el matón de Steve Rendazo está colado por ella. Pero jamás lo admitiría porque se supone que los matones deben salir con cheerleaders, y no con chicas que de mayor quieran ser bibliotecarias.

Jason Reitman inicia su última película cuando Juno termina de beberse su peso en Sunny Delight y hace su tercera prueba de embarazo positiva. Sin embargo, Juno (la película) no va sobre adolescentes embarazadas. Más bien sobre una adolescente muy especial que se queda embarazada de su mejor amigo, Paul Bleeker, el día que ambos pierden su virginidad, y lo que ocurre después entre ellos dos, claro está.

La madre del cordero.

Pero sobre todo, Juno es su protagonista: la propia Juno, interpretada por Ellen Page, cuya presencia en pantalla sólo se me ocurre describir como arrebatadora. La joven canadiense levanta un personaje que por sí sólo podría resultar demasiado “resabidillo”. Pone tanta fuerza y pasión, que al final de la película uno acaba irremediablemente enamorado de ella. Tan enamorado como el pasmado semental de Bleeker, interpretado por el superbad Michael Cera, que sabe aprovechar cada segundo que sale en pantalla.

Cuando la protagonista se entera de que va a tener un niño decide abortar, pero no puede; así que decide dar al bebé en adopción a una pareja de clase alta (un ex generación X tan pesado como el resto de sus coetáneos y la típica pija salida de un capítulo de Sexo en Nueva York). La historia, sin embargo, es otra y no tiene moraleja. Juno no es una peli sobre embarazos indeseados, ni la última esperanza blanca del cine indie nominada a cuatro oscars de la academia (bueno, igual eso sí). Sólo es una pequeña historia de dos adolescentes atolondrados y enamorados, como la bonita canción pop que cierra la película.

La química de una nueva generación de actores canadienses.