Jamaica es una puta de la que no puedes escapar. Puedes pasarte años en habitaciones de colegas decoradas con posters de Bob Marley fumándose porros que no le caben en la boca, pero nunca serás capaz de descifrar lo que te espera si cruzas la línea del más célebre wailer. En mi caso, el ska me hizo cruzar la frontera Marley, esa que divide la obra de Robert Nesta del resto de música pergeñada en esa pequeña isla antillana. El impulso de un grupo de skinheads simpáticos con los que compartí micrófonos en una radio y, más tarde, la curiosidad de saber quién había detrás de los temas originales que The Specials, The Clash y Kortatu convirtieron en salivazos punk me llevaron al otro lado. A esa primera calada de papel de plata que acabaría derivando en una seria adicción.
Estas últimas semanas he estado saqueando toda la información que existe en la red sobre la era rocksteady. Si ustedes escriben, conocerán esa necesidad que de vez en cuando te empuja a planear pequeños grandes retos. Post que alimenten tu famélico blog, relatos que siempre acaban a medias o ese reportaje que te va a procurar fama y dinero. Un reto, al fin y al cabo, que te obligue a sentarte frente a la pantalla y sumirte en ese bello trance de teclear compulsivamente.
Sí, el de la izquierda es Bob
El bendito rocksteady me tiene enrocado entre los años 1966 y 1968 de la corta pero intensísima historia musical jamaiquina. ¿Les gusta Bob Marley, pero nunca se han molestado en saber lo que hay al otro lado? Pues tengan cuidado si empiezan, porque cuando empiecen a conocer los nombres y las historias de Duke Reid, Coxsone Dodd, Tommy McCook, Lynn Taitt, Lee Perry, Phyllis Dillon y Alton Ellis, por sólo nombrar algunos, no sabrán si alguna vez podrán escapar la tentación de seguir escarbando entre información y acumulando conocimientos potencialmente inútiles.
De momento, sólo les diré que el rocksteady, melosa forma de congeniar con el soul americano de mediados de los 60, llegó cuando el ska, frenético y simple, ya era una sólo una página caduca en la cambiante historia de la música jamaiquina. Los estudiosos han especulado con muchas razones para el cambio de tempo, desde el calor a las amenazas de los señores del gueto, pero la única realmente cierta podría ser la asombrosa voracidad de la exigente audiencia jamaicana, que odiaba asistir a fiestas con las mismas canciones de siempre. Bueno eso y la altísima densidad de músicos y productores virtuosos capaces de transformar los anhelos del público en pequeñas joyas de dos minutos y medio.
El rocksteady tuvo una vida corta e intensa. Su reinado acabaría siendo suplantado por los dreadlocks del reagge. Pero enfrentarse a esos dos años y medio de la historia musical de un país con el tamaño de Asturias no es cuestión de un par de tardes. Son tantos nombres, tantas teorías, tantas leyendas, tantas incógnitas, que a uno le da la sensación de que podría quedarse para siempre en ese lugar y ese tiempo. La recolección de datos, afortunadamente, acabó hace varios días y, después de perder el miedo a escribir mal todos esos datos acumulados con esfuerzo y cariño, ha llegado la hora de poner negro sobre blanco todo lo aprendido.
Tendrán más noticias del rocksteady, pero de momento les quiero dejar con la música e imágenes de un viaje del que para mí todavía no ha acabado. Espero que si nunca se atrevieron a cruzar la frontera de Bob Marley, les pueda contagiar al menos algo de curiosidad.
Paul estaba en casa, sacando brillo a alguno de sus muchos discos de oro y pendiente de los niños. Sonó el teléfono. ¿Recuerdan la voz del Michael Jackson –en realidad Leon Kompowsky- que Homer conoció en el manicomio? Bien, imaginen esa voz. “Hola Paul”. En esta ocasión se trataba del auténtico, que todavía era negro. “Soy Michael. ¿Te gustaría grabar unos hits?”. No se sabe si con el símbolo de los dólares en los ojos, pero el caso es que Paul dijo que sí sin pensárselo dos veces.
La de Michael Jackson y Paul McCartney fue una de las reuniones más míticas y probablemente innecesarias de la década de los 80. Un episodio histórico, sin lugar a dudas, que simbolizó el cambio del trono del pop a favor de la joven estrella negra, que de la mano de Quincy Jones iba a firmar, poco tiempo después, su obra más vendida. La más vendida de todos los tiempos, en realidad. Hablamos de Thriller, claro.
The Girl is mine, primer single editado del dúo de prebostes del pop (en octubre de 1982), fue precisamente el primer sencillo de aquel álbum legendario. Un tema bien blando que ha envejecido fatal y que en su día se consideró un intento de canción para blancos de la factoría Jackson -escritor- y Jones -productor-. El disco, que vería la luz un mes después, se antojaba una castaña. Lo que no evitó que el single, con Can’t get outta the rain en la cara B, vendiera bien (número 2 de la Billboard y 8 en el Reino Unido).
El momento, entre azucarado y casposo, en la que las dos estrellas se disputan dialécticamente la chica es especialmente sangrante; pero supongo que la canción todavía tiene un pase, por eso de la nostalgia.
Para llegar hasta Say, say, say, mucho más potable, tenemos que hacer un viaje en el espacio y en el tiempo. De Los Angeles, donde se grabó The Girl is mine, nos vamos hasta los legendarios estudios Abbey Road de Londres. Halagado por la propuesta de colaborar en el disco de Jackson, McCartney también quiso contar con la joven estrella para su olvidable LP ‘Pipes of Peace’ (1983). La canción fue registrada, sin embargo, durante las sesiones de producción de ‘Tug of war’, entre mayo y octubre de 1981.
Su grabación fue seguramente clave para la seguridad de Jackson, que se mostró encantado con la experiencia y aseguró haber compartido estudio con McCartney de igual a igual. De todas formas, no todos los días uno tiene la oportunidad de compartir una sala de Abbey Road con un beatle y el productor George Martin. Y si la canción merece la pena es precisamente por las garras de Michael, que aquellos días andaban bastante afiladas. La voz del niño prodigio de los Jackson 5 estaba ya lo suficientemente madura como para barrer al mismísimo Paul McCartney del estudio.
El single, con Ode to a Koala Bear en la cara B (en serio), fue número 1 en EEUU y 2 en el Reino Unido. El video, dirigido por Bob Giraldi, es del mismo gusto hortera que esta batería de canciones, pero hace gracia, la verdad.
De la hornada del Pipes of Peace, Macca y Jacko también dejaron para la historia The Man. Una ochenterada con bien de azúcar que tiene su gracia y supone, en realidad, lo mejor de ese disco junto a Say, Say, Say. Aunque la producción es muy mala (esa guitarra), tiene cierto morbillo escuchar esas dos voces juntas.
Según cuenta Wikipedia, los McCartney acogieron a Jackson en su casa durante las sesiones de grabación londinense. La sintonía fue magnífica y Paul, que siempre ha sido muy mirado para los negocios, se permitió aconsejar a Michael. Una noche le enseñó, seguramente para presumir, el abultado catálogo de canciones que poseía. “Este es el verdadero negocio. Cada vez que alguien pincha una de estas canciones en la radio, yo gano dinero”. En 1985, Michael Jackson adquiría el catálogo de Northern Songs, con todas las canciones con la firma Lennon/McCartney. Sin duda, uno de los negocios musicales más rentables de la historia. El dinero le supuso, una vez más, una nueva enemistad a McCartney, que apuntó a Jackson en una posición bastante alta de su lista de enemigos. Más de una década y media después de aquello y tras la prematura muerte del compositor de Billie Jean, Paul le recuerda como “a good chap”.
La anterior canción, por supuesto, iba dedicada a nuestro hombre Macca, que ya prepara su tercer enlace matrimonial. En guasíbilis te deseamos toda la felicidad del mundo y nos quedamos a la espera de esa invitación.
Hace falta tomarse un minuto, darse un respiro, para poder hablar de Treme porque si no lo haces, te ahogas. Porque en determinadas ocasiones, cuando uno no puede crear, tiene que renunciar y hablar de los que si lo hacen. Distinguiereis o no, hoy día, a una persona culta, de otra que lo parece, dependiendo de su grupo preferido, su libro favorito y su devoción por el buen cine.
Yo sentí que algo moría dentro de mí el día que acabé The Wire, la pérdida es similar a la adicción a la heroína. Enseguida buscas algo más que meterte, pero en realidad eres consciente de que esa otra mierda no te coloca. Ansioso y desesperado me decidí a meterme las reservas que tenía, es decir, Treme.
Aterricé hará un mes en el aeropuerto de Nueva Orleans y allí estaba el viejo Bunk, soplando su trombón de varas, ahora como Antoine Batiste; un negrata adultero y bonachón, con el jazz en las venas, que con su banda te da la bienvenida de la forma más espectacular que ningún melómano pueda soñar jamás en un aeropuerto. Esta serie nos da una radiografía verdadera, impagable y sincera de como nunca volverá a ser Nueva Orleans, y de cómo nunca dejará de serlo tras una catástrofe. Lo mejor de todo es que ya los conoces. Un cocinero, guiris, un músico de estudio y un músico callejero, o un profesor de historia son por ejemplo el tipo de personajes universales de Treme.
Creo que lo que más me ha impresionado de la nueva creación de David Simon en su primera temporada ha sido su descarnada y alegre forma de narrar el coraje. Esta fabulosa parte de cómo un huracán llamado Katrina y la administración Bush intentaron, y en parte lo consiguieron, arrancarle un momento más a la vida. Y de como el ser humano tiene muchas maneras de levantarse tras una dolorosa pérdida, o no. La pérdida y la búsqueda, la huida y el reencuentro, la lucha y la derrota. Todo esto te golpea en cada escena, y ni sonríes y te entristeces, ni te alegras ni te ahogas, simplemente vives y sobrevives.
El otro gran plus de Treme es que la música es la protagonista. Ningún personaje, ninguna trama, no hay nada que no se supedite al música. En este caso, el alma de la ciudad, que como todo espíritu en una película de Miyazaki, es tratada de manera mundana y mística. Hay aprendizajes que duelen, hay grandes retos que no somos capaces de superar. Y aún así Treme nos enseña que la dignidad está por encima convenciones, y que además, no se negocia.
Aunque pasara de puntillas para la mayoría de aficionados ajenos al hip hop, pocas muertes han hecho tanto daño a la música moderna como la de James Dewitt Yancey. El productor detroitarra también conocido como J-Dilla nos dijo adiós el 10 de febrero de 2006, después de sufrir en silencio lupus y una extraña enfermedad sanguínea llamada púrpura trombocitopénica trombótica. Había cumplido 32 años solo tres días antes, el mismo día que su testamento sonoro había llegado a las tiendas de discos.
Donuts (Stones Throw, 2006) fue tejido en el hospital, entre sesiones de diálisis, con un Boss Dr. Sample SP-303 que el productor Karriem Riggins había regalado a Dilla por su 31 cumpleaños. “Él trataba de repasar cada beat, y asegurarse de que todo era diferente, de que no quería cambiar nada”, recordó después su madre, la cantante de ópera Maureen Yance. Ella fue testigo excepcional del proceso de creación de una obra que marcaría un punto de inflexión para el hip hop instrumental y, por extensión, para toda la música creada a base de samples. Una obra a la misma altura histórica del pionero Entroducing… del californiano DJ Shadow.
Como el niño solitario que se encuentra un balón en la playa, Jay Dee se montó un campeonato del mundo con sus ídolos, mayormente artistas de la causa soul. Por los samples de Donuts pasaron desde la primera división del género (Stevie Wonder, James Brown,The Temptations), hasta una larga lista de personajes secundarios (Dionne Warwick, Eddie Kendricks, Luther Ingram), además de elecciones tan heterodoxas para un productor de hip hop afroamericano como 10cc.
En su trabajo de reconstrucción -que si sacamos la batidora y levantamos las claras, que si recortamos estos coros con el bisturí, que si aumentamos el tempo, que si cómo me mola esta línea de bajo-, el de Detroit dio con el mismo alma de aquellos retales de música ajena y los reconvirtió en una obra visionaria, vitalista y profundamente emocional. No debería pasar por alto el calibre de la intensidad de la segunda parte del disco, compuesto por 31 cortes de los que sólo uno –la infecciosa Workinonit- supera los dos minutos.
Porque esto que parece un juego de niños y que se deglute a lo Homer con caja de rosquillas sobre el regazo es, sin embargo, una cosa muy seria. Muy, muy divertida. Adictiva como la bollería industrial. Pero muy seria. Tanto como alguno de esos platos deconstruidos que salen de la cocina de los restaurantes más vanguardistas o como esas alubias que sólo sabe preparar su abuela. Un LP que Dilla no concibió como el último, varios proyectos se quedaron incompletos por su prematura muerte.
Exiliado del mundo de los vivos, Jay Dee tienen que estar haciendo grandes cosas en el Planeta de los Globbetroter junto a Marvin, Otis,Curtis y compañía. Sólo espero llegar a ser lo suficientemente funk para acabar algún día allí.
"Yo he luchado con un caimán, he forcejeado con una ballena; he esposado un relámpago, he mandado un rayo a la cárcel. He matado una roca, he herido a una piedra, he hospitalizado un ladrillo. Soy tan mezquino que hago enfermar la medicina."
El 2009 ha comenzado con una guerra. O mejor, con otro capítulo especialmente sangriento de una guerra que ya existía. Leyendo los periódicos, blogs, telediarios... parece que están pasando cosas muy importantes en el mundo. Y también parece que cada una de ellas merecería una mención, un recuerdo, un debate...
Sin embargo, la mayoría de las noticias de estos días me resultan, la verdad, bastante deprimentes. No quisiera abrir el nuevo año en guasíbilis hablando de odio, vísceras y de las ruinas que dejan las explosiones. Echen la culpa a la pereza congénita de estas fiestas aburridas y previsibles, o a que el que esto escribe pasa por una etapa especialmente pesimista en cuanto a lo que acontece en este planeta, y no quisiera contagiar de tristeza al lector.
En este blog desarreglado, este nuevo y tortuoso nuevo año empieza con la única canción que realmente significa algo para mí en estos días de cuerpos y corazones mutilados, de suelos llenos de escombros, de ira y sinsentido histórico.
Con el tiempo, aparte de haberse ganado un puesto de honor entre las obras más imprescindibles para cualquier tipo de melómanos, el LP ‘What’s Going On?’ de Marvin Gaye ha quedado como una obra ingenua en cuanto a su mensaje de amor, entendimiento y hermandad entre los humanos.
El propio Gaye murió asesinado por su propio padre, después de una discusión que se saldó con un disparo.
En el siguiente álbum de este dios del soul, su mensaje evolucionó hacia el amor carnal, el físico, el sucio y pegajoso que practican dos (o más) personas. ‘Let’s Get it On’ invita a dejarse de hostias y hacerlo. Follar, copular, fornicar, hacer el amor, chivar, joder, amar, echar un polvo, meter el coche en el garaje. Y hacerlo con ganas, envueltos en sudor, berreando a la luna como un caribú en celo.
Hoy es la única canción que me devuelve las esperanzas. La única que difunde un mensaje en el que creo. Follar mola y, con las debidas precauciones, no mata. Y aunque mal planificado también puede destrozar hogares, bien empleado puede ser una forma inmejorable de arreglar problemas.
guasíbilis desea (a vosotros y al mundo) un año lleno de sexo. Amor físico como bálsamo contra la que está cayendo, y contra la que queda por caer. Let’s get it on baby…
Por primera vez, yo también he querido ser del Athletic.
La feria del disco vasco sigue su curso, aunque parezca mentira. Los post no aparecen con la premura que no quisiera, pero el proyecto dista mucho de estar en punto muerto. Llevo meses escuchando las propuestas de los votantes, buscando temas, fechas, discográficas, nombres. Estoy un poco flipado, lo sé. Pero no sabéis lo que estoy disfrutando con la magna composición de esta lista. Espero que vosotros podáis gozar una milémima parte de lo que yo lo hago.
Estos discos recibieron un voto con dos puntos y ocupan de la posición 83 a la 87 (mucha atención los amantes de las guitarras).
A primera vista, creo que ‘Sexo, Ternura y Misterio’ es el disco más joven de todos los que esta lista referencia. Ha sido publicado en abril de este año y un servidor, que no es precisamente fan de la banda (los bilbainos y rockeros pasteleros Doctor Deseo), lo ha encontrado especialmente refrescante y redondo. En su grabación han estado involucrados muchos grandes nombres de la música vasca: Anari y Aiora de Zea Mays han prestado sus voces, el hertzainak Iosu Zabala toca el acordeón y el gran Iñaki Uoho ha estado supervisando la producción. Además, Robe Iniesta también hace los coros en ‘Donde acaban las palabras’.
Y, por supuesto, están ellos: la inconfundible voz de su frontman Francis Díez, el bajo de Joxi Jiménez (únicos supervivientes de la formación original), el teclista Raúl Lomas, Txanpi (mítico ex baterista de Hertzainak) y el guitarra Toro, al que todos recordamos de Peace Monkeys.
Esta vez Doctor Deseo han elegido la discográfica Muxik, que les propuso telonear a Extremoduro en la gira que este año les ha llevado por toda España. El disco, por cierto, retrasó su lanzamiento porque la empresa austríaca encargada de editarlo pensó que la obra era de contenido pornográfico. La portada está firmada por un tal Gustave Coubert, que en 1868 pintó El Sueño.
Nuestro amigo Vitoko eligió este disco de Flitter en su lista de diez obras de la música vasca. Y escuchándolo, uno casi podría decir que lo ha elegido él sin tener que comprobarlo (aunque si lo oyen ahora, seguro que algún otro también lo querría reclamar para sí). Esta es una de las opciones más rockanroleras de la lista. Aunque a ratos suene a punk y otros, más a heavy (las dos raíces de la banda según su discográfica) y más adelante nos vayamos a encontrar con muchas y buenas guitarras que pondrán en entredicho lo inmediatamente escrito.
Estos muchachos de estuches de guitarra desgastados empezaron a dar conciertos en el 89, publicaron su disco homónimo en 1992, el primero de una total de seis. El último, ‘Mirarhaciadentro’, en 2003 y se puede descargar pinchando en el link. El penúltimo, ‘Rastafari Mamao’ (este título bizarro había de ser mencionado aquí), en 2000.
Por cierto, si escucháis el disco aquí reseñado, mucha atención con el inglés de Amatriain de la canción ‘Lost’, que es la única cantada en inglés y a mí me suena ligeramente a Héroes del Silencio.
Ellos son de Estella, Navarra. Y las canciones elegidas, las dos iniciales: ‘N.C.L’ y ‘Ven hazia mí’; e ‘Insumisión’, para los que no se acuerden de viejas batallas como aquella.
Jousilouli, 'Terrorista' (2002, GOR)
Pues utilizando el mismo razonamiento que al principio del anterior disco, no hubiera dicho de ninguna manera, que Hedu (un señor ecléctico con Maurice Ravel en el top 1 de su lista) había apostado por este 'Terrorista', palabra que encaja bastante bien con el sonido de esta banda de Lezo (Gipuzkoa).
Leyendo esta interesante crítica en Subnoise me entero de que lo que hacen Jousilouli se define como Nu Metal (chandal metal también lo llama otra fuente de más abajo), que es una etiqueta que se escapa a mis conocimientos melómanos. Os dejo, pues, con un extracto de ese artículo, más fundamentado en lo musical que cualquier cosa que pudiera escribir:
"Con su debut (PREST, Gor 2000) ya las expectativas eran muy altas, como propuesta euskaldun que se saliera de los parámetros de Rock vasco y punk ya era suficiente. Así es como me adentro a la aventura de la escucha de este “Terrorista” que amenaza con mínimo igualar lo inquietante que me quedé con el primero. Abren con “Aita, ama, zenbat urterekin ezkonduko naiz?” que da un subidón de canción la cual te puede hacer memorar a Korn, asi como “Darth Vader”, “Arnasestuka” o “Espaloiak” son todos temas que como buen Nu Metalero te harán vibrar. También emociona el reconocer la versión de Sutagar además con la colaboración en persona de Aitor Gorosabel (de los más destacable), “Hitz Margotuak” con una guitarra acústica, scratches que dan la nota comercial del disco. En “Aurkituko al Dut”, “Taiyikistan Night Fever” (reseñable es el mensaje de esta canción así como los detalles que también en otras canciones dá el DJ, como ese toque jazzero en “Eguzkian gal-gal” ) o “Ikastola Maite Dut”, la formación, mantiene un nivel bastante alto y que en las más hardcore “Vathaplan Scape Plan”, “Gaitz” o “Torturitak” deja bastante que desear temas que con esa caja no suenan tan contundentes como deberían".
Además de visitar su myspace, el más feo sin duda de todos los que he visitado en la vida, debéis leer esta preciosa entrevista en Manerasdevivir. Se dicen cosas tan guasíbilis como estas:
Jousilouli.- Nos conocemos porque Sandra Bulldog, yo y Jenny Farlopa robábamos en las gasolineras y así para financiarnos la heroína. Y bueno, al final acabamos en la cárcel y allí conocimos al Capo Ultramagnético, y tenía un abogado. Cuenta lo de tu abogado que nos saco de la cárcel".
Seguimos con otra apuesta guitarrera y bien reciente. Positiva es rock’n roll anglosajón (porque está cantado en inglés) hecho en Bilbao. ‘Centaur’s Ride’ es su primer y, hasta el momento, último disco. Leo aquí que estos cuatro chavales definen su estilo como "el encuentro entre Black Sabbath, Budgie, Captain Beyond, Humble Pie, Ted Nugent y MC5", que para algo son de donde son. Es una buena fantasmada, pero los que conozcan esos nombres ya saben por donde pueden ir los tiros.
Entre las 8 canciones que componen la cosa, he elegido la inicial ‘Rock’n Roll Troupers’ y ‘Sea of Mud’. Amantes de las guitarras, pulsad el play (léase plai).
Standard, '3.000 V - 40.000 W' (2006, Mushroom Pillow)
Y para dejarlo todo bien engarzadito, despedimos otro extenso post de nuestra feria con otra de rock anglosajón de Bilbao. Bueno, de Getxo, donde hace años El Inquilino Comunista ya hicieron escuela en esta materia (rock de la margen derecha habrían de llamarlo). Eso sí, como los tiempos cambian, Standard también meten un poco de electrónica en su movida musical. Y tocan con dos baterías, que es una de esas cosas que siempre tiene que comentar uno cuando se da el caso.
Por cierto, apreciación tonta: el nombre del grupo resulta demasiado "standard". Para encontrar en el google lo que buscas con una generalidad tan grande, la vida del buscador de información ultrainmediata se convierte en un puto infierno. (Nota, al parecer ahora se llaman We Are Standard, pero he querido conservar estas líneas para mostrar mi clarividencia).
La última de las tres canciones elegidas, ‘Supermarket’, es una versión un poco pretenciosilla del éxito de Pulp, ‘Common People’.
La música reporta no pocos placeres al ratón de discoteca. Uno de ellos, como ya hemos visto en algún post anterior, tiene que ver con las versiones. Ya sabéis, esa agradable sensación de felicidad que da el descubrir una versión genial de una canción que amas. O, por el contrario, descubrir que una canción que te priva es sólo una versión descafeinada de algún clásico remoto que no conocías.
Otro de esos placeres melófagos muy relacionado con el tema de las covers es el encontrar referencias sonoras entre grupos que pueden tener mucho o poco que ver en cuestión de procedencia, género, actitud... La música, como todas las artes, está llena de préstamos, robos o copias descaradas de textos, ritmos y melodías previamente compuestas.
Fotocopias Rosillo.
Este gusto por los homenajes, que en lo audiovisual ha sido llevado a categoría de arte por Tarantino y The Simpsons, no es coto privado de estilos como el hip hop y la música electrónica, con sus millones de referencias en forma de samplers. El copieteo, como avanzábamos en el párrafo anterior, es tan antiguo como la música misma. Y la revisión de viejos textos y partituras no ha de suponer por definición un robo que atenta contra el arte, sino todo lo contrario. En muchos de estos guiños y espejos se pueden encontrar la semilla misma de la evolución musical.
Aprovechando lo magnánimo de este medio de comunicación todopoderoso procederemos a ejemplificar tal extremo, haciendo nuestro aquel dicho de “para muestra, un botón”.
La canción ‘Jungle Lion’, firmada por ese genio lunático llamado Lee “Scratch” Perry y su house band The Upsetters, llegó a mi vida en el año 2005, cuando alguno de mis más fieles compinches comenzó a interesarse por los sonidos jamaiquinos. Fue la sintonía de cierto programa de radio libre bilbaína y sirvió de vínculo sonoro y emocional entre algunos de mis amigos en aquellos días ardientes de final de carrera.
El tema fue incluido como penúltimo corte de la cara A del álbum ‘Double Seven’ (Trojan, 1974), grabado mayormente en los estudios londinenses de Chalk Farm, pero considerado el primero de la “Black Ark era”. Para los no iniciados en el tema de la música de Jamaica, Black Ark fue el estudio que Perry construyó y, luego, redujo a cenizas. El lugar mágico en que nació el dub, después de mucho mezclar y mezclar los sonidos de los legendarios grupos isleños que por allí pasaron en la década de los 70.
‘Jungle Lion’ ha sido, casi desde el día que la conocí, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos. Con su irresistible melodía, comandada por la poderosísima sección de vientos de los Upsetters, es una de las canciones con mayor vitalidad que conozco. Pero pasemos de las palabras a los hechos. Escuchad, por favor.
También podéis escuchar esta otra versión pasada por el bisturí de Perry y adornada con sus rugidos y gritos pasados de rosca. Hay quien la prefiere a la original y, definitivamente, ésta ha sido incluida en más recopilatorios que la primera.
Algún tiempo después de caer rendido en los brazos de este león de la jungla, la música negra americana comenzó a establecerse como plato fuerte de mis desayunos, comidas, meriendas, cenas y recenas musicales. Como a muchos otros corazones errantes, el soul se convirtió en pasión para los oídos y medicina para, precisamente, el alma.
Descubrí entonces la obra de Al Green, del que sólo conocía su prodigiosa ‘Let’s Stay Together’, aquella canción que servía de fondo sonoro para la escena del bar de Pulp Fiction en que Marcellus Wallace unta al boxeador Butch Coolidge para que se deje caer en el quinto asalto, después de darle un discursito sobre el orgullo y esas cosas.
El reverendo Green, volviendo a lo que nos ocupa, incluía ‘Love and Happiness’ como tercer corte de su álbum ‘I’m still in love with you’ (Hi, 1972). Ahora solo tienes que pulsar al play en el reproductor de más abajo para comprender de lo que veníamos hablando al principio de este post melófago.
Entre ambas canciones hay solo dos años de diferencia. Y no tengo ni idea si Perry alguna vez tuvo que pagar pasta a Green en concepto de derechos de autor, por la evidente apropiación de muchos pedazos instrumentales de ‘Love and Happiness’. Ni siquiera sé si Green ha escuchado alguna vez ‘Jungle Lion’ (me gusta pensar que no).
Tampoco sé qué opinarían de este tipo de apropiaciones por la puta cara los impresentables defensores de la cultura musical en nuestro país. Probablemente tratarían de establecer alguna tarifa absurda para cada guiño musical que recompensara la creatividad del autor original. Pero para el oyente, que en última instancia es quien da sentido a la música, quiero pensar que descubrir este tipo de préstamos les hace un poco más felices. A mí, por lo menos, me pasa.
Y pienso, de todo corazón, que estos “pastiches postmodernistas” (utilizando una frase del crítico Nando Salvá, haciendo referencia a ‘Kill Bill’ en Días de Cine) forman parte de la evolución de la música (del arte). Porque la versión puede mejorar el original, darle otro sentido, otra razón de ser. Los sonidos pueden estar ahí, pero sólo el ingenio de una mente enferma como la de Perry puede parir una obra tan bella (y anímicamente diferente) como la canción que protagoniza esta entrada.
En 1989, los neoyorquinos De La Soul abrían el debate de los derechos de autor en Estados Unidos después de incluir más de 180 samplers diferentes en su opera prima ‘3 Feet High and Rising’. The Turtles, uno de los muchos grupos y solistas que “prestaron” su sonido al disco, hicieron eso tan americano de demandar (aunque ellos ni habían compuesto el tema troceado". Siete años después, DJ Shadow presentaba el primer disco compuesto exclusivamente por pedacitos de sonidos ya grabados. La cosa se llamó ‘Endtroducing…’ y los que lo han escuchado saben que es un pepino.
Por un poco de afán completista voy a añadir otras dos canciones al post. La primera, la versión del tema de Green facturada por el también jamaicano Al Brown, casi un versionador oficial de su tocayo en la isla caribeña.
La segunda, la más reciente de todas, se trata de ‘Nenas’ incluida en el álbum ‘Malo hasta el hueso’, publicado hace un mes por El Hermano Ele, que utiliza samplers del ‘Jungle Lion’ de Perry. Me consta que no es la única canción que utiliza una base con pedacitos leoninos, pero a última hora no he podido encontrar las otras. Habrá post anexo si se encuentran.
Y ya que hemos dado tanta guerra con las versiones, hemos de hablar nuestro blog amigo Micronesia en el Cerebelo y de sus recientemente importadas Cover Wars. Mycroft propone dos temas y los lectores votan por su preferido. Hoy mismo hay una nueva batalla sonora publicada. A visitar.