Hay palabras que resuenan como
balas en nuestros cerebros, los cuales se arrugan como pasas ante determinadas afirmaciones. Algunas son como
látigos que nos acompañan toda la vida. Como la discusión eterna que me persigue sobre el
catalán y el
valenciano. Honestamente no puedo más. Ya no quiero que se repita más. Es como una pesadilla, un dolor, un castigo. Lo último fue un tipo que me dijo que eso del catalanismo era una invención del imperialismo de
Jordi Pujol. Que eso de que se viera TV3 en el país valenciano era una invasión cultural de Pujol. Me pareció sangrante que dijera aquello.
Insólito. Acabé harto cuando aquel elemento se alzó de experto en nacionalismos en el Estado español por haber tenido
una novia abertzale. Siendo él como es de Soria, me cabreé.
Tan harto acabé que ya no pienso discutir ya
nunca más sobre el tema, paso.

En los tiempos que corren el arte de la dialéctica se ha deslizado como un río por las alcantarillas de una ciudad para verse convertido en un escaso líquido putrefacto. Aunque cabe destacar que el otro día tuve en el trabajo un interesante y acalorado debate con otro avezado freaky. Música yankee o británica.
Blue Cheer o
Black Sabbath,
Blue Oyster Cult o
Deep Purple,
Death Kennedys o
The Clash. Ambos coincidimos en que
Queen era un grupo denostable, aunque yo maticé que algunas canciones merecen la pena. También llegamos a buen puerto sobre la buena aportación de
The Cult, y ante todo admitimos a
The Who,
Grant Funk Railroad,
Creedence Clearwater Revival,
The Doors,
Led Zeppelin como algunos puntos de encuentro.
El cine casi siempre resulta un rico campo donde uno puede presumir de cuan experto es, de lo definitivas resultan nuestras opiniones, y de lo mucho que uno sabe acerca del séptimo arte. Algunas típicas son:
Hitchcock, el de
Vértigo o el de
Con la muerte en los talones,
Dreamwoks o
Pixar,
Spielberg héroe o villano,
Soderbergh no gracias,
Tarkoski o
Kurosawa, etc.
Da igual lo que se piense en realidad, y también lo que se diga o diga nuestro interlocutor, lo importante es mantenerse en un
pedestal y agitar la mente genitalmente. En los centros de trabajo se aprecian cualidades no relacionadas precisamente con estos temas. Así que, tampoco son muy recomendables, la gente se defiende de la vida como máquinas de etiquetarlo todo. Y al final, nadie pretende saber demasiado.
Madrid es jodida pero tiene cierto encanto en su monstruosidad. Tiene un agua excelente, tanto, que
Esperanza la va a privatizar. Todo es tan emocionante aquí, con tramas de espías y mafiosos de traje y etiqueta incluidos, llenándose los bolsillos de dinero y la boca de mierda. Lástima que aquí no tenemos ningún
Guy Ritchie para poder divertirnos con ello. Está el cine de caro como para ir a ver películas españolas.
La intensidad no radica en la forma sino en el fondo, aunque no creo que ni siquiera valga la pena que alguien se lo diga a los interesados. Cuando uno vive subvencionado, todo eso y mucho más, importa bastante poco. Viva el Sahara,
Palestina y No a la guerra si yo me manifiesto. Últimamente he reparado en el hecho de que los bancos son muy aficionados a llevar a cabo exposiciones fotográficas que versan sobre la pobreza y la miseria en el mundo. Y yo me pregunto,
¿Quién es el freaky aquí?El frío parece durante unos días haber aplacado un poco los nervios de Madrid este invierno. A menudo el ambiente es tenso en el trabajo, creo que me hacen el vacío muchos compañeros. El día que nevó me sentí como
Bart Simpson cuando que rezó para que se suspendiese un examen al día siguiente. Los currelas vamos mayoritariamente en metro así que no tenemos excusa para el absentismo. En cambio, fue curioso ver como los jefes uno tras otros no acudieron. Claro, no pudieron llegar a causa del temporal. Sus lujosos coches no están preparados para las inclemencias del tiempo. Por lo demás la dinámica de tener o no tener curro siempre es la misma,
esta ciudad es implacable con los parados e insufrible para los que trabajan.