viernes, 15 de febrero de 2008

Televisión británica (y II)

Dejábamos ayer el repaso por la historia de la Gran Bretaña catódica con el nacimiento de la primera cadena de televisión privada en 1956, por lo que el calendario nos deja prácticamente en la década de los 60, época que poco a poco irá llenando de colores las pantallas de los televisores de las salas de estar de la clase media. A partir de este momento la televisión pasará a formar parte fundamental de los quehaceres de la sociedad, no sólo británica sino mundial; y la historia de una irá irremisiblemente de la mano de la otra. El maldito invento transformará para siempre las relaciones familiares y la vida política, social y cultural de todo el planeta. Lo que hay detrás de la pantalla se convertirá en un universo paralelo que marcará modas, creará y destruirá ídolos, extenderá valores e ideologías y generará cantidades ingentes de cultura popular (de la más refinada a la más basura). Pero será mejor no manosear más teorías de sobra conocidas y dejar hablar a la propia televisión.

Los 60

A principios de los 60 la competencia entre BBC e ITV animó la asunción de nuevos formatos televisivos como concursos, culebrones, shows de humor como el de Morecambe and Wise (unos primitivos Martes y Trece anglosajones) o series como Doctor Who, una de las máximas referencias de la cultura catódica británica. “Hoy no puedo ir al pub, ponen Doctor Who”, se oía comentar a bebedores fieles de cerveza larger, para decepción de los amigotes que todavía no tenían un TV set en casa. Aunque los sintelevisión, poco a poco, fueron convirtiéndose en minoría durante aquella década maravillosa. La audiencia británica se multiplicaba y también los pagos de la licencia para ver televisión, por lo que en el ente público no paraba de crecer. El 30 de julio de 1966, más de 30 millones de espectadores presenciaron desde el salón de sus casas (o en el de los vecinos) la victoria de Inglaterra a Alemania Occidental por 4 goles a 2 en la final de la copa del mundo de fútbol disputada en el estadio londinense de Wembley. Cuando Bobby Moore levantó la copa de Jules Rimet, toda una nación quedaba unida por una misma imagen. Aquel evento, emitido por BBC e ITV, todavía sigue siendo el programa de mayor audiencia de la historia de la televisión británica.

La BBC 2, que había sido fundada en 1964, comenzó a emitir en sistema UHF (para pantallas de 625 líneas) y en 1967 se convirtió en la primera televisión europea con emisión íntegra en color. El segundo canal del ente público fue destinado a labores educacionales, con una vocación claramente minoritaria todavía perceptible en su programación actual.

La magia de los Python

En 1969, la televisión británica en general y la BBC en particular estaban a punto de conseguir otro hito. Monty Phyton’s Flying Circus, uno de los shows humorísticos más importantes de la televisión de todos los tiempos, abrió una nueva puerta a la modernidad televisiva. El espacio de humor más popular de Gran Bretaña permaneció en pantalla más de un lustro, hasta diciembre de 1974. Un año más tarde, el phyton John Cleese presentaba sin sus compañeros de gamberradas, la revolucionaria teleserie Fawlty Towers. Aquello verdaderamente fue algo completamente diferente.

Hail Maggie

Maggie podría ser un bonito nombre para una canción, o podría servir de título para una teleserie protagonizada por una mujer liberal que busca amor en el despiadado Londres del siglo XXI; pero la palabra va perdiendo su glamour si la asociamos con el número 10 de Downing Street. La dama de hierro, Margaret Thatcher, llegaba al poder en 1979 y abría una época negra de políticas ultraconservadoras en el Reino Unido, primas hermanas de las del presidente norteamericano Ronal Reaggan, que llegaría al poder sólo un año después.

Si ayer hablábamos de la primera impronta de imparcialidad de la BBC con la huelga general de 1926, sería durante el gobierno conservador de la Thatcher cuando los profesionales del ente público tendrían que hacer mayores esfuerzos para mantener su estatus de honestidad. La década de los 80 fue una de las más negras del conflicto del Ulster, a lo que se unió el conflicto en las Malvinas. A la primera mujer que asumía el control del gobierno de la nación no le hacía ninguna gracia que la BBC recogiera opiniones de políticos o activistas católicos en referencia al tema irlandés, ni ninguna información contraria a sus planes de guerra contra Argentina. La lucha contra el terrorismo era uno de los estandartes políticos de los conservadores, por lo que cualquier representación del enemigo en pantalla que no estuviera destinada a la crítica daba, según la primera ministra, “oxígeno a los terroristas”.

La BBC, el modelo de televisión pública, según el periódico uruguayo La República

En octubre de 1979 el equipo del programa Panorama, de la BBC, rodó unas imágenes de una protesta del IRA en Carrickmore (Irlanda del Norte) después de una llamada a su hotel en Dubin. Las imágenes se guardaron en secreto durante varios días, pero cuando su existencia llegó a las más altas instancias se obligó a los periodistas de la cadena pública a asumir una serie de restricciones sobre el uso de información relativa al conflicto del Ulster.

En 1985, la cosa llegaba un poco más lejos. Thatcher supo que la BBC había entrevistado a un paramilitar irlandés y que pensaba emitir la primicia en el programa Real Lives bajo el título “En el filo de la Unión”. Leon Brittan, ministro de interior, declaró que “la emisión de ese programa iría en contra del interés nacional”. Los gobernadores de la BBC, después de ver el programa en una reunión de urgencia, ordenaron que el espacio no se emitiera, lo que causó un terremoto en el ente público y la vida política del país. Los trabajadores de la BBC declararon un día de huelga y el asistente del director general de la cadena afirmó que “el gobierno era a la BBC lo que un iceberg al Titanic”. El programa se llegó a emitir con ligeros recortes. Solamente por la tenacidad de los profesionales, la BBC se había anotado otro punto.

La cobertura informativa de la guerra de las Malvinas en 1982 supuso otro grave enfrentamiento entre el gobierno de Thatcher y la BBC. La edición del programa Panorama titulada “¿Podemos evitar la guerra?” recibió, por parte del gobierno, las críticas más duras jamás recordadas a un espacio televisivo. Miembros del gobierno tacharon el programa como “uno de los programas más despreciables que he tenido la desgracia de presenciar”; en tres palabras “odioso, subversivo, travesti”. Sir Ian Trethowan, director general del ente público, declaró que “la BBC tenía que mantener su reputación de contar la verdad”. La propia cadena afirmó que su misión no era “levantar la moral de las tropas británicas” y que “no veían la diferencia entre una viuda de Porsmouth y otra de Buenos Aires”. La guerra, sin embargo, fue inevitable y la información, como en la mayoría de las guerras, sesgada. Trethowan afirmó tiempo después que tenían “que ser sensitivos con las emociones del público”.

Antisistemas en la tele de Maggie.

La BBC resultó uno de los mayores azotes del gobierno conservador de Maggie, simplemente por el hecho de tratar de conservar su imparcialidad. Pero también porque sus responsables no cejaron en su búsqueda de lo innovador, rompedor y culturalmente subversivo. La sitcom postpunk The Young Ones, a la que Ekaitz hace referencia en los comentarios del post anterior, es un buen ejemplo de ello.

En 1979 ya era posible seleccionar subtítulos a través del teletexto. 28 millones de espectadores siguieron el 29 de julio de 1981 la boda entre el príncipe Charles y Ladi Di. En 1982 se fundó la segunda televisión privada en Gran Bretaña, Channel Four. Y en 1985 comenzó la emisión en BBC1 de EastEnders, la soap opera más popular de Gran Bretaña, todavía en emisión. La modernidad había llegado.


Stacey de EastEnders en portada, el pan nuestro de cada día.

Una televisión cualquiera
A día de hoy hay muchas cosas en común entre todas las televisiones del mundo, y la británica no es una excepción. Hay programas que permanecen en pantalla desde 1960, como el culebrón de ITV Coronation Street que hoy mismo cumple su 6755º capítulo. Y las amas de casa no se pierden ni un capítulo de ésta ni de la ultrapopular EastEnders. Por las tardes abundan los concursos, nada que no hayamos visto en España: Cifras y Letras, El Rival más débil, ¿Quién quiere ser millonario?... Además, el prime time está monopolizado por las series norteamericanas y los realitys, que aumentan el número de televidentes con cada nuevo escándalo racial dentro de la casa del Big Brother.

A parte de eso, hay un par de verdades innegables que hacen que la televisión inglesa sea bastante más presentable que, por ejemplo, la española. El menor tiempo dedicado a los anuncios es uno de los factores clave. En la televisión del Reino Unido es posible ver una película, pues las pausas publicitarias (cuando las hay) son simbólicas. La BBC, por su parte, no ceja en su empeño por defender su imparcialidad. Cuando Thatcher dejó el gobierno y después del fugaz mandato del también Tory John Mayor, Blair y sus aspiraciones bélicas se convirtieron en el enemigo. BBC radio y televisión, por cierto, es el mayor ente audiovisual del planeta, con presencia en 200 países y 274 millones de hogares en todo el mundo.

Pero si hay algo que distingue a la televisión británica del resto de televisiones del planeta es su ficción. Todo este repaso a la historia catódica del Reino Unido viene motivado por las ganas de hablar muy seriamente sobre la sitcom británica, uno de los géneros televisivos más respetables e interesantes del mundo catódico. Algunas de las claves del género ya se han ido diseminando por éste y su post predecesor, pero serán deliberadamente explotadas en posts de entrega semanal a partir de la semana que viene.

La serie The Office, concebida por el maravilloso tándem formado por Stephen Merchant y Ricky Gervais y emitida por primera vez en 2001 por la BBC2, resultó el referente más claro de la renovación de un género clásico y muy bien conservado. Es posible hacer televisión de calidad, experimental e intelectualmente estimulante en el Reino Unido. Y, por lo tanto, es posible verla, gracias a Internet, desde todo el mundo.

Las claves del éxito arrollador de la nueva generación de sitcoms británica, que lleva a que los mismísimos yanquis promuevan pobres remakes, son muchas; pero las vamos a reducir en una: los seis capítulos por temporada. La realización de una teleserie en el Reino Unido, a diferencia de EE UU o España, se concibe como una pequeña obra de arte. Independientemente de su audiencia, todas las sitcom que llegan a antena cuentan con un mínimo (y máximo) de seis capítulos por temporada. El proceso de elaboración de seis capítulos es un trabajo artesanal, comparado con una teleserie norteamericana, con más de 20 capítulos por temporada de media. Y ello permite, también, que el equipo de guionistas se reduzca a uno o dos, que controlan todo el proceso argumental. De esta forma una buena sitcom raramente se devalúa, como ocurre con tantas gloriosas telecomedias estadounidenses.

La historia de la televisión contemporánea en el Reino Unido es definitivamente la historia de su ficción de creación propia. La semana que viene en guasíbilis, Fawlty Towers en el capítulo 1. Yo que ustedes, no me lo perdería

3 comentarios:

Mycroft dijo...

Estupendo y entrañable repaso para un britanófilo como es un servidor.
Echo en falta la serie El Prisionero, el Lost de la época, y su enigmático final-anticlimax.
También me encantaba el flying circus, mucho mas que fawlty towers, de estructura mas previsible.
Y ese hermano menor de young ones que era Bottom! Magnifico!

El Txarro de las Calaveras dijo...

No puedo esperar a la próxima entrega, ya entrada en materia.De momento me voy a ahorrar todos los comentarios a las series mentadas, para hacerlos cuando proceda. Esas mágicas series que hemos compartido a la luz de la pantalla y acogidos por el humo...

lutxo dijo...

¡Uno juega con ventaja con lectores como ustedes!

Mycroft, aunque pensaba que me había preparado el tema a conciencia... ¡no conozco El Prisionero! Si usted me dice que es el Lost británico, ya estoy engrasando los mecanismos de descarga de mi ordenador. Sobre Bottom se hablará. Y, bueno, Flying Circus es demasiado grande como para compararlo con cualquier otro programa de televisión, pero Fawlty Towers es una de mis debilidades.

Txarro, esta serie de post es un homenaje a esas noches de risas y humo. Espero tus comentarios.

Vaya un saludo para los dos.