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miércoles, 3 de junio de 2009

Sherlock ha venido a hablar de su libro


Sherlock
está apunto de explicar al Doctor Watson y al inspector Martin cómo ha descifrado unos curiosos mensajes codificados con monigotes bailarines:

"Hizo una breve pausa, la pausa de todos los oradores que saben atraer la atención de sus oyentes; luego continuó:

- Aquí tenemos estos dibujos que a no ser porque han figurado como prólogo o preludio en este reciente drama, arrancarían una sonrisa. Tales son su grácil, su ingenua desenvoltura, y de tal manera son cómicas las danzas, que desde el primer momento comprendí que se trataba de unos signos convencionales, de un alfabeto secreto. Sin embargo, y a pesar de que yo creía conocer todas las escrituras secretas, a pesar de que soy autor de una obrita en que se estudian ciento cincuenta sistemas diferentes, confieso que éste me era desconocido en absoluto. Indudablemente, los autores o inventores lo adaptaron como uno de los más hostiles al análisis y a la lectura no teniendo la clave. Efectivamente, todo el que vea una inscripción de estas no puede menos de atribuirla a la mano inexperta de un muchacho. Pero a mí no lograron engañarme, y en seguida apliqué las reglas que existen (la mayor parte de ellas creadas por mí) para descifrar todas las escrituras secretas. Trabajillo me costó, pero salí triunfante de la empresa."

Los Monigotes, Arthur Conan Doyle (Traducción: Editorial Prometeo)

miércoles, 16 de julio de 2008

'Cause suicide is painless

Hay viajes que duran más de lo esperado. Hay viajes que se convierten en pesadillas de las que es imposible escapar. Hay viajes que nos salvan la vida o, según se mire, nos condenan a un largo martirio. Como aquello que contaban los marineros sobre los naufragios, que uno nunca sabe si la suerte la tienen los supervivientes o los ahogados. Pues lo mismo pasa con las explosiones nucleares. Uno nunca sabe si vivirlas en primera fila, donde la muerte es espectacular e inmediata, o a cincuenta kilómetros del epicentro, donde la radiación llega en forma de desechos humanos y dolor, mucho dolor.

Perry y Gordo se libraron por los pelos del ataque nuclear norcoreano sobre Seattle, la ciudad donde solían vivir. La bomba estalla mientras ellos vuelven de una reparadora semana respirando el aire limpio de la montaña. Perry es un reputado informático, que se dice alienado, desencantado con su gris vida de nerd pegado a una pantalla. Gordo es un trapichero cualquiera. Son una pareja de urbanitas acostumbrados a comprar la comida en el supermercado de la esquina, lista para calentar en el microondas.

La bomba ha estallado en la ciudad y no hay mucho más que nuestros protagonistas sepan sobre lo que realmente ha ocurrido o está ocurriendo en Seattle. La radio no funciona y la información que llega de fuentes oficiales es escasa y sesgada. Se encargan de decir que todo va bien, pero en los bosques que rodean el epicentro de la catástrofe se palpa la desesperación, la confusión, el pánico, el caos. Los que han conseguido escapar de la ciudad tienen la piel quemada y sus ojos han perdido toda la esperanza. Los que han vivido el atentado desde fuera de la zona de radiación, no estarán dispuestos a mezclarse con los contaminados. Y nadie sabe qué cojones está pasando en el resto del país.

La principal pregunta que plantea Apocalipsis Friki (Peter Bagge, La Cúpula) es hasta dónde estaría dispuesto a llegar un "young urban professional freak" para sobrevivir una catástrofe nuclear en un entorno hostil: la montaña. Una pregunta extensible a cualquiera de nosotros, lectores de cómics y amantes de los what if... (qué pasaría si...). ¿Serías capaz de traicionar a tu mejor amigo si eso significara un día más de supervivencia? ¿Estarías dispuesto a robar? ¿A matar? ¿A comer carne humana? O aprovecharías la última bala del cargador para ponerle fin al tonto sufrimiento de vivir, cuando sabes que cada segundo que te queda por delante va a ser pesado y doloroso.

Apocalipsis Friki es el libro más jarto e inquietante de todos los que he leído de los firmados por ese gurú llamado Peter Bagge. La mayoría le recordaréis por ser el autor de la maravillosa serie Odio, que según informaba ayer el Blog Ausente, está siendo actualmente reeditada en "volúmenes integrales". En la introducción a Apocalipsis Friki, Bagge recuerda que un diplomático de Corea del Norte se jactó en la radio "de que su país tenía (...) capacidad de lanzar una bomba nuclear contra Seattle". Esto ocurría a principios de 2003, cuando el gobierno de George W. Bush ultimaba los detalles de la invasión de Irak. El autor recuerda que encontró la noticia "bastante desconcertante, ¡entre otras cosas porque vivo en Seattle! Naturalmente empecé a especular con el "y si..."

Y continúa diciendo, "estoy seguro de que todo el mundo se ha imaginado que pasaría si fuese el último ser humano en la tierra, o uno de los pocos supervivientes de algún tipo de desastre monumental. Para mí, este tipo de imaginaciones toman la forma de una fantasía, en la que tengo suficiente comida y recursos para no sólo sobrevivir sino también prosperar, mientras deambulo por un planeta sin trabas, recogiendo los restos de la civilización. Para este libro, me he obligado a imaginar de la forma más honesta y realista cómo serían las cosas para alguien como yo viviendo esa situación, con pocas o ninguna habilidad para sobrevivir."

La nueva obra del maestro del comic underground noventero es uno de esos cómics que se acaban de una sentada y dejan un dulce sabor de boca. Personalmente, han sido mis 13 €uros (13, precisamente) mejor invertidos de todo el mes de julio. El señor J Calduch posteaba, no hace mucho, esta apasionada reseña, en la que insistía que esos 13 €uros era todo lo que usted necesitaba para sobrevivir el Salón del Cómic de Barcelona de este año.

Recapitulando: el dibujo de Bagge es el de siempre (inconfundible), plasmado además con las tres bellas tintas que pueden apreciar en las viñetas expuestas, el sentido del humor también sigue siendo Bagge, pero la tónica general es mucho más sombría de la que estamos acostumbrados. Sobrevivir no va a ser tarea fácil. Los que lo leamos, sin embargo, lo tendremos un poquito más fácil cuando empiecen a caer las bombas en el horizonte. Ya estaremos preparados para el viaje.

domingo, 13 de julio de 2008

Los que todo lo han visto

No sigue el paradigma.

"Debo precisar que el círculo de esos corresponsales que llegan hasta los rincones más recónditos del mundo lo forman hombres duros y cínicos; son los que todo lo han visto. Los que todo lo han vivido, los que para ejercer su profesión deben luchar continuamente con miles de obstáculos de ls que la mayoría de la gente tiene vaguísima idea y que, debido a todo ello, son incapaces de conmoverse o de dejarse impresionar por nada y que, además, llevados al agotamiento y furiosos, de verdad serían capaces de quejarse al mismísimo emperador de las pésimas condiciones de trabajo y de la realmente escasa ayuda que recibían de las autoridades locales."

Ryszard Kapuscinski, 'El Emperador'


El Emperador recrea la historia del último emperador de Etiopía, Haile Selassie, a través de los testimonios de aquellos que vivieron su mandato. Está escrito por Kapuscinski, periodista entre periodistas, y editado por Anagrama.

jueves, 29 de mayo de 2008

Cosecha del 67 (II): Grace Slick a través del espejo

Jefferson Airplane - Surrealistic Pillow (1967)

Mi abogado estaba en la bañera cuando volví. Sumergido en agua verde

(...)

"¡Música!" gruñó. "Enciéndelo. Pon la cinta."
"¿Qué cinta?"
"La nueva. Está justo ahí."
Cogí la radio y me dí cuenta de que también tenía una pletina -una de estas cosas con
un cassette dentro. Y la cinta, Surrealistic Pillow, sólo necesitaba que le dieran la vuelta. Él ya había escuchado la cara A -a un volumen que se ha debido escuchar en cada habitación dentro de un radio de cien yardas, con paredes y todo.
"White Rabbit," dijo. "Quiero un sonido creciente."
"Estás condenado," le dije. "Yo me largo en un par de horas -y entonces van a venir y te van a joder vivo. Justo ahí, en la bañera."
"Yo cavo mis propias tumbas," me dijo. "Agua verde y White Rabbit... pónla; no me hagas usar esto." Su brazo emerge atacante del agua, tiene un cuchillo de cazador agarrado con el puño cerrado.

(...)

El volumen estaba tan alto que era difícil saber qué estaba sonando a no ser que sepas Surrealistic Pillow nota por nota... yo me lo sabía, en aquella época, así que supe que White Rabbit había terminado; el punto álgido había llegado y se había ído.
Pero parecía mi abogado no lo sabía. Quería más. "¡Da la vuelta a la cinta!" chilló. "¡La necesito otra vez!" Sus ojos se llenaron de locura, incapaces de enfocar. Él parecía estar en al borde de un horrible orgasmo psíquico...
"¡Déjalo girar!" gritó. "¡Tan alto como pueda ese hijo de puta! Y cuando llegue a esa fantástica nota en la que el conejo se arranca la cabeza con los dientes, quiero que lances la puta radio en la bañera conmigo dentro."

Fear and Loathing in Las Vegas (1971), Hunter S. Thompson




Vean la traducción de White Rabbit aquí.

lunes, 5 de mayo de 2008

Las cenizas del verano del 68

"Era el verano de 1968. En lugar de bermudas, pantalones vaqueros; los pelos al cepillo se habían convertido en cabelleras; Perry Como y Dean Martin eran venerables reliquias desbancadas por los Rolling Stones, Hendrix y Joplin; los jóvenes iban al festival pop de Monterrey en lugar del estadio de los Giants; y la policía había decretado toque de queda en las calles de Berkeley. El 'American Way of Life' estaba en entre dicho y los ruidosos acontecimientos de la convención demócrata de Chicago tenían en vilo al país. Bob Dylan cantaba: 'Algo está pasando y usted no sabe qué es, ¿verdad que no Mr. Jones?'

Entre 1958 y 1968 habían pasado muchas cosas: en 1960 los estudiantes negros de Greensboro, Carolina del Norte, ocuparon las aulas para protestas contra la segregación; siguieron manifestaciones en otros lugares del Sur, y los estudiantes blancos de izquierdas organizaron el movimiento SDS, Students for a Democratic Society. La SDS, a partir de 1962 y con la declaración de Port Hurn tomó el relevo de la New Left, aglutinando a su alrededor un conjunto cada vez mayor de grupos radicales tan distintos entre sí que sólo se parecían en su rechazo del ‘American Way of Life’.

En 1963 son expulsados de Harvard los profesores Timothy Leary y Richard Alpert por realizar experiencias con LSD, alucinógeno contenido en un cactus de Méjico, donde los indios lo usan desde tiempo inmemorial: comienza el movimiento psicodélico, elemento decisivo en la formación de la contracultura. Es el año del asesinato de Kennedy, primera gran fisura en la fachada norteamericana ante la opinión mundial. El informe Warren no hace sino reforzar las sospechas de que algún grupo de extrema derecha está detrás del crimen; sospechas fuera de los Estados Unidos claro está, porque allí, los medios de comunicación se ocuparon de enseñar la lección a la ‘mayoría silenciosa’.


En 1964 hay el primer enfrentamiento grave en la universidad: en Berkeley estalla una revuelta para conseguir libertad de expresión para debatir cuestiones políticas en la universidad; es el Free Speech Movement que encabeza Mario Savio: paralizan la universidad y obtienen sus demandas. En 1965 asesinan al dirigente radical negro Malcolm X, estalla la rebelión de los negros en el barrio Watts de Los Angeles, se producen marchas de protesta en el Sur (Selma y Montgomery), y sobre Washington D.C., los Estados Unidos invaden la República Dominicana y bombardean sistemáticamente Vietnam del Norte.

En 1967 el movimiento hippy aflora en todo su esplendor multiforme: primer be-in o festival en el parque Golden Gate de San Francisco con asistencia de George Harrison, Leary, Ginsberg y Kerouac. Comienza la resistencia contra el reclutamiento militar y se celebra la marcha contra el Pentágono, descrita por Norman Mailer en Los ejércitos de la noche. En 1968 se multiplican los incidentes: Martin Luther King cae asesinado, la policía de Chicago apalea a los hippies que organizaban una convención bufa para designar como candidato a la presidencia a un cerdo que, por cierto, acabó en la cárcel con los demás; en el desmadre policial que se desencadena son agredidos periodistas, reporteros de TV, los clientes del hotel donde estaban las oficinas del candidato Mac Carthy, y hasta el inefable Hugh Heffner, director de Play Boy, que pasaba por allí. Disturbios en las universidades de Columbia, Stanford, Berkeley, Orangeburg y San Francisco State.

(...)


El sistema, conciente del peligro potencial que entraña el underground desplegó, a partir del advenimiento de Nixon, una eficacísima campaña de represión, atacando a cada oponente con una estrategia distinta. A los activistas más politizados como Weatherman, Black Panthers y Simbiotic Liberation, los eliminó por la fuerza de las armas; a los hippies más inofensivos los ha destruido con la diseminación de drogas adictivas (heroína y speed), los ha marginado en comunas rurales inocuas, o los ha asimilado en movimientos capciosos como el gurú Maha-ri-ji o los ‘Jesus Freaks’. En este ‘sálvese quien pueda’ general, algunos han tenido la habilidad y el cinismo de comercializar el movimiento de engendros banalizadores como Hair y Jesus Christ Superstar.

(...)

¿Pero es que no queda nada de todo aquello? ¿Adónde han ido todas las flores? ¿A soldados y ejecutivos como en la canción de Peter Seeger? En el nivel de cambio social no ha quedado nada; en el nivel de cambio personal han quedado algunas vidas cambiadas. Sólo el nivel ideológico la contracultura ha legado un testamento utilizable. Los ideales de renuncia a la sociedad de consumo, de protesta contra el autoritarismo y la burocratización, de la vida comunitaria descentralizada y corporativa, de liberación erótica, de economía igualitaria, siguen vigentes, necesarios e irrenunciables, esperando nuevas condiciones objetivas favorables para realizarse.

La filosofía oriental continúa siendo imprescindible para compensar los callejones sin salida del pensamiento europeo: los dualismos, el exacerbado individualismo, el activismo desmedido, el monopolio del racionalismo. Las drogas psicodélicas continúan siendo imprescindibles para refutar el dogma de la inmaculada percepción de los científicos positivistas y abrir las puertas de la percepción. La filosofía hermética occidental continúa siendo, como en la Edad Media, el manantial de posibles renacimientos surgidos de una confianza renovada en la dignidad del hombre y en su capacidad para moldearse a sí mismo, como en la transmutación mental del místico y el alquimista. La música rock continúa siendo, en potencia, un poderoso desinhibidor de energías eróticas. Incluso las comunas quedan ahí como fósiles vetustos y aislados, modelos disecados de un tipo de organización económica alternativa".

Introducción de Filosofías del underground, Luis Racionero, 1977
Viñetas fusiladas de Conoce a tu enemigo, Rober Crumb, Ed. La Cúpula

domingo, 4 de mayo de 2008

Dietilamina de Ácido Lisérgico, LSD 25

En el post que anteayer le dedicábamos a Doctor Albert Hoffman, progenitor del ácido lisérgico recientemente fallecido, citábamos una y otra vez al escritor español Antonio Escohotado. Si cualquiera de ustedes ha estado, alguna vez, interesado en las sustancias dopantes se habrá topado a la fuerza con alguno de sus muchos textos. De hecho, no sorprenderá a nadie si digo que, con total seguridad, Escohotado es la persona con mayor bibliografía sobre drogas en lengua española. Su extensa obra quedó recopilada en el magnánimo e imprescindible Historia General de las Drogas (Espasa, 1998). Reconociendo todas las deudas de el último post a este atlas químico y a la figura de su escritor, tomamos prestadas, hoy también, las palabras de Escohotado para diseccionar el LSD, la sustancia guasíbilis del mes de mayo.

Uno de los mejores regalos que un hombre (vicioso) puede recibir.

¿Qué es?

"El LSD es un compuesto semisintético, extraído de un parásito de los cereales cultivados en general, aunque también presentes en pasto silvestre, muy abundante en Europa y, sobre todo, en la cuenca mediterránea. Su base –el llamado cornezuelo- era un hongo casi ubicuo".
¿Cuál es su toxicidad?

"Ninguna otra sustancia, natural o sintética, operaba a esa escaña sobre el sistema nervioso central. (...) Ningún psicofármaco era tan remotamente poco tóxico como la dietilamina de ácido lisérgico. Entendiendo por toxicidad específica la proporción entre dosis activa y dosis de envenenamiento (el llamado "margen terapéutico"), (...) en los licores podían ser de uno a ocho, en la heroína de uno a cinco, en el barbitúrico de uno a cuatro, mientras que en la dietilamina de ácido lisérgico superaba con certeza la proporción de uno a seiscientos y bien podía seguir mucho más allá, pues no se conoce un caso de sobredosis letal para humanos". Además, "se trataba de un fármaco desprovisto de tolerancia, que al usarse con asiduidad diaria dejaba simplemente de hacer efecto, fuesen cuales fuesen las dosis administradas. No presentaba la mínima capacidad adictiva."

Experiencias subjetivas:

"El pensamiento y los sentidos se potencian hasta lo inimaginable, pero no hay cosa semejante a picores, sequedad de boca, dificultades para coordinar movimientos, rigidez muscular, lasitud física, excitación, somnolencia, etc. Fronteras entre lo material y lo mental, el salto cuántico en cantidades activas representado por la LSD implica que comienza y termina con el espíritu; como surgió el poeta H. Michaux, el riesgo es desperdiciar el alma, y la esperanza ensanchar sus confines".

"Balsámica o inquietante, la luz está ahí para quedarse, iluminando lo que siempre quisimos ver –sin conseguirlo del todo- y también lo que siempre quisimos no ver, lo pasado por alto".

"A mi juicio, las experiencias más fructíferas son aquellas donde se recorre la secuencia extática entera, tal como aparece en descripciones antiguas y modernas. Por este trance entiendo una primera fase de 'vuelo' (subida es el término secularizado), que recorre paisajes asombrosos sin parar largamente en ninguno –viéndose el sujeto desde fuera y desde dentro a la vez-, seguida de una segunda fase que es en esencia lo descrito como pequeña muerte, donde el sujeto empieza temiendo volverse loco para acabar reconociendo después el temor a la propia finitud, que una vez asumido se convierte en sentimiento de profunda liberación. Es algo parecido a cambiar la piel entera, que algunos llaman hoy acceso a esferas transpersonales del ánimo".

"Si tuviera que matizar la diferencia entre LSD y otros visionarios de gran potencia, diría que ninguno es más radiante, más nítido y directo en el acceso a profundidades del sentido. Eso mismo le presta una cualidad implacable o despiadada, que no se aviene al fraude y ni tan siquiera a formas suaves de hipocresía, apto tan sólo para quienes buscan lo verdadero a cualquier precio. Y diría también que para ellos guarda satisfacciones inefables. La amistad, el amor carnal, la reflexión, el contacto con la naturaleza, la creatividad del espíritu, pueden abrirse en universos apenas presentidos, infinitos por sí mismos. Como dijo Plutarco, tras iniciarse en los Misterios de Eleusis: 'Uno es recibido en regiones y praderas puras, con las voces, las danzas, la majestad de las formas y los sonidos sagrados'".

Escohotado, derecha, pone la mano en el hombro del maestro Hoffman.
Los otros dos no sabemos quiénes son ni por qué se ríen.

martes, 15 de abril de 2008

¿Quiénes somos, de dónde venimos...?

“El blues nació de una rica cultura afroamericana del sur en la que casi todos los aspectos de la vida iban acompañados de la música: las dulces nanas, las canciones de trabajo, los gritos el campo, los cantos de los presos encadenados, los cantos religiosos, las canciones de funeral y los evocadores gritos de llamadas no verbales en forma de lamentos y gemidos tan evocadores que siempre han constituido el núcleo de la expresión musical africana.

La música afroamericana no sólo conservó su sonido tradicional sino también su categoría cultural como parte de la vida cotidiana. Los europeos posrenacentistas entendían el arte (que abarcaba la música) como una creación valiosa pero no utilitaria –a pesar de su capacidad intrínseca para proporcionar placer estético-, y por ello era relegado a esferas sociales propias y separadas: museos, salas privadas y salas de concierto. A diferencia de ellos, los africanos no hacían esa distinción. En casi todas las culturas africanas, la expresión creativa en forma de música, escultura y danza era una fuerza por sí misma y se combinaba con la religión la política y las relaciones personales como parte de un tejido cultural muy sólido. La música no era un mero entretenimiento, sino un vínculo entre el hombre y los dioses y una forma de discurso público dentro de una comunidad. Del mismo modo, cantar era una extensión natural del discurso, una manifestación más de la expresión vocal que incluía gritar, tararear y gemir. Para la gente de la diáspora africana la música era una parte importante de la vida diaria y todo el mundo tenía acceso a los placeres y la fuerza que su disfrute confería.”

(Buzzy Jackson, "Disfruta de mí si te atreves", 2005)

miércoles, 9 de abril de 2008

Repeat All


"En numerosas ocasiones creo estar en la piel del personaje de Bill Murray en la superior 'Atrapado en el Tiempo'. La rutina diaria televisiva no distingue entre los meses y los años. Un martes, Steve Urkel es pequeño y al día siguiente (¿o fue el año anterior?) ha crecido y oposita a la universidad. Una y otra vez llega Will Smith al domicilio de sus tíos en Bel - Air. No existe el final: las televisiones han descubierto la cinta sin fin, el eterno retorno... Que estas repeticiones (no sólo circunscritas a las telecomedias norteamericanas de sobremesa), lejos de hacer estallar en protesta a los espectadores, escalen posiciones en los ránkings de audiencia, tiene un sentido espiritual, un significado psiquiátrico: los hábitos rutinarios son una cura contra el miedo a lo desconocido, son la seguridad de lo ya visto y la comodidad sin complicaciones del mono encerrado en una jaula, habituados a cuatro puntos referenciales repetitivos. Es también la máquina del tiempo. Kevin Costner decía en 'Un Mundo Perfecto' que el coche respondía a esta ilusión de viaje temporal. La TV -parece que como la política- no conoce de pasado o futuro. Los últimos cinco años (hasta seis si me apuran) han elevado a límites indescriptibles la idea de multidifusión patentada por Canal +. El cine emitido no se ha librado de estos usos: por los canales españoles (excepto, obviamente, el de pago) circula un lote limitado de unas 150 películas, las cuales van apareciendo tozuda y cíclicamente. (...)

Incluso puede que, con el siglo XXI, los conceptos de público y privado desaparezcan; todo ser TV a la carta, un INTERNET (sic.) inmenso en el que los fanáticos de las manifestaciones populistas-autistas irán sobre seguro, sin que les miren mal familias y comentaristas televisivos de la prensa escrita.

En la frontera del carismático 2000, la Mongovisión deberá emplear a fondo el reciclaje. El patrimonio de su (corta) historia de afrentas reivindicables tendrá que reconsiderarse sin vergüenzas, aprovechado a tope. Hoy es un pasatiempo, una dependencia nostálgico-depresiva de cuatro (más, más...) locos. El próximo siglo, la supervivencia de la humanidad dependerá de saber reciclar bien lo único que se salvará del holocausto: la Basura."

(Fausto Fernández, "Telebasura Española", 1998)

Más populares que Cristo.

Hace ya una década de la publicación de este libro, dentro de la indispensable "biblioteca del Dr. Vértigo" de Ediciones Glénat. Sin embargo, estos párrafos finales tienen una vigencia sorprendente en el panorama televisivo actual, por no hablar del tino del autor en alguno de sus vaticinios. La semana pasada, sin llegar más lejos, Antena 3 dio, una vez más, la vuelta a la cinta con el repertorio de Los Simpsons, cuya primer temporada ha sido emitida, con ésta, 12 veces por la emisora privada. Sin embargo, las cifras de audiencia siempre están del lado de la familia Simpson, especialmente en época de vacaciones escolares y fines de semana. Uno de los dos capítulos emitidos en la sobremesa del pasado sábado es el 36º espacio más visto de la televisión española en el mes de abril (según Formulatv.com), con más de dos millones y medio de espectadores, y una cuota de pantalla del 25%.

Antes de que Médico de Familia llenara las series españolas de inaguantables mocosos y ancianos plastas, Los Simpsons ya habían inventado el multitarget, que es algo así como hacer un programa de televisión para todas las edades, como los libros de Tintin: desde los 7 hasta los 77 años. Todavía recuerdo (casi entre lágrimas) el primer capítulo de los Simpsons, "La Babysitter ladrona", que emitió La 2, un domingo de otoño de principios de los 90 a las nueve y media de la noche. Entendidos entonces como "dibujos animados para adultos", los programadores de La 2 trasladaron las aventuras de la familia amarilla a partir del segundo capítulo, a las once de la noche de los miércoles. La falta de sentido común de los programadores del segundo canal del ente público (factor que, casi dos décadas después, no ha cambiado demasiado, tengan Lost como ejemplo) llevó a la familia amarilla por todas las franjas horarias imaginables hasta que Antena 3 se hizo en exclusiva con todo el menú Simpson.

A finales del siglo XX, cuando El Principe de Bel-Air y Cosas de Casa atufaban la sobremesa de Antena 3 con un denso olor a naftalina, algún programador listillo colocó las aventuras de la familia Simpson detrás de las de Sabrina, la bruja adolescente, a las dos y media de la tarde. Los fantásticos resultados cosechados por la multidifusión simpson motivaron que la serie de Matt Groening acabara acaparando, con dos capítulos, la hora previa a los informativos de las tres de la tarde. Y, desde 2000 (si no me falla la memoria), poco ha cambiado en Antena 3 durante esa franja horaria.

Durante muchos años pensé (ingenuo de mí) que tenía sentido repetir ochenta veces el mismo capítulo de Los Simpsons. Al fin y al cabo, estamos hablando de una serie especial. Desde los nueve años en los que vi mi primer capítulo hasta mi "madurez", he podido degustar muchos episodios hasta diez veces. Y cada visionado ha aportado algo nuevo, otro punto de vista que siempre se me había escapado (por no hablar de las risas garantizadas...). Cuando era un niño me fijaba en Bart en vez de en Homer, y había visto muchas menos películas y escuchado muchos menos discos y visto mucha menos televisión. Y Los Simpsons es una serie tan profunda como el Océano Atlántica, tan densa en referencias e ideas que muchos capítulos necesitan de varios visionados para cazar todos los gags ocultos. Antes, en cada visionado podía extirpar una nueva capa y profundizar más en la mitología de una de las mejores sitcoms de todos los tiempos.

Sin embargo, nada tiene que ver la calidad del producto con su repetición. La cinta de los Simpsons da la vuelta, pero cada vez tarda más en darla, y al televidente medio le importa una mierda que el capítulo emitido sea de la tercera temporada o de la decimocuarta. Y yo, que pensaba en el público de Los Simpsons como el más inteligente de la televisión. Los capítulos de las últimas siete u ocho temporadas son tan planos, tan decepcionantes, tan caricaturas de lo que Los Simpsons solían ser, que me han demostrado que la televisión diseñada por programadores difícilmente conseguirá ser, alguna vez, de calidad. Como cuenta Fausto Fernández: "los hábitos rutinarios son una cura contra el miedo a lo desconocido". Y la gente ve los Simpsons por rutina; no porque hoy hayan visto por milésima vez el capítulo que Homer fracasa como mascota del equipo de baseball de ciudad capital y se hayan reído como con la primera vez. No porque piensen que hubo un momento en que Los Simpson eran algo tan fresco, tan novedoso y espontáneo que hablaban de la realidad mejor que cualquier otra serie, comedia o drama, con personajes de carne y hueso, y que precisamente por eso algunos capítulos merezcan un millón de visionados; sino por rutina.

Y Antena 3 emite esta serie de dibujos animados sin parar porque los resultados refrendan, siempre, su apuesta. La falta de programación infantil, el factor multitarget y la sabia elección de emitir los capítulos a las dos de la tarde (hora en que muchas familias españolas terminan de comer o lo empiezan a hacer mirando a la tele) aseguran un buen cacho de audiencia, y que Los Simpsons, en fin, se perpetúen para siempre como opción antenatresina previa al telediario. Y, de paso, que ejerzan como buque insignia del canal y atraigan a su audiencia a la franja de tarde. Seguro que se han dado cuenta que entre el final del segundo capítulo de la serie y los informativos apenas hay un anuncio.

La pregunta es: ¿seguirá repitiendo Antena 3 esta serie hasta que el público prefiera vomitar sangre antes que ver otra broma de Homer? Seguramente sí. ¿Y yo seguiré viendo los Simpson, siempre que tenga la oportunidad y los capítulos repetidos sean de las primeras ocho o nueve temporadas? Pues, seguramente también. Por lo tanto, ¿somos los espectadores gilipollas? En un 99% de las ocasiones diría que sí. Esta noche, por cierto, a las diez de la noche podrán ver por la primera Pretty Woman. Sí, otra vez; pero ya han oído los anuncios de TVE, "nunca te cansas de verla". Y si ese plan no les apetece, recuerden que los muchachos nuis comienzan su segunda temporada en la dos a las 23:25. Algo fresco, nuevo, un territorio prácticamente virgen. ¿Se atreven? ¡Nuííí!

viernes, 8 de febrero de 2008

El día que Laura dejó a Rob y los discos que no te hacen sentir nada


"Voy a poner los Beatles cuando llegue a casa. Abbey Road, probablemente, aunque programaré el CD para que salte Something. Los Beatles eran cromos que venían en chicles y Help! en el cine de los domingos por la mañana y guitarras de juguete hechas de plástico y cantar todo lo fuerte que podía Yellow Submarine en la última fila del autobús en las excursiones del colegio. Ellos me pertenecen a mí, no a mí y a Laura, o a mí y Charlie, o a mí y a Alison Ashworth, y aunque ellos me harán sentir algo, no me harán sentir nada malo".

Nick Hornby, Alta Fidelidad

miércoles, 30 de enero de 2008

Dos definiciones de beatlemanía


"Término acuñado por la prensa británica, en octubre de 1963, ante la imparable ascensión de los Beatles y el fervor desatado en sus fans".

Diccionario de Los Beatles, Jordi Sierra i Fabra, 1992



"La Beatlemanía empezó en las Islas Británicas en octubre de 1963, al mismo tiempo que fenecía el escándalo Cristine Keeler-Profumo.
Durante tres años azotó la Gran Bretaña y se extendió por el mundo entero. Adolescentes histéricos de todas las clases y colores lanzaban chillidos y yeh-yehs y ahogaban todo otro sonido, incluso la música de los Beatles. Era una excitación colectiva: emocional, mental y sexual. Lanzaban espuma por la boca, rompían a llorar, se arrojaban como posesos en pos de los Beatles o simplemente se desmayaban.
En el curso de aquellos tres años la misma escena se repitió por todo el mundo. La misma escena de emoción de masas que nunca se había creído posible y que dificilmente volverá a producirse. Hoy todo aquello parece pertenecer al terreno de la ficción, y, sin embargo, ayer era realidad palpable.
Es imposible exagerar la Beatlemanía porque la Beatlemanía fue en sí misma una exageración. Por si hay alguien que no lo cree, todos los grandes periódicos del mundo tienen en sus archivos miles de palabras y fotografías que ilustran con todo detalle lo que ocurría cuando los Beatles llegaban a las distintas partes del globo.
En 1967, cuando la Beatlemanía hubo terminado dejando tan sólo el agotamiento o el hastío, costaba trabajo creer que todo aquello hubiese sucedido realmente. ¿Era posible que el mundo entero se hubiese vuelto loco? (...)
Dirigentes y personajes famosos de todo el mundo, muchos de los cuales se habían manifestado en contra o inhibido al principio,acabaron desviándose por hablar de los Beatles, por demostrar que estaban al día, que ellos también estaban enterados de que se había producido un fenómeno de comunicación de masas. (...)
Brian Epstein dijo que no estaba preparado para hacer frente a aquello. Estaba preparado para el éxito, que ya tenían, pero no para la histeria."

Los Beatles, Hunter Davies, 1968 (Traducción de Ramón Alonso)

Una multitud espera a Los Beatles en las calles de Nueva York en febrero de 1964.