Nothing could be bring me closer Nothing could be bring me near Where is the road I follow? Believing, leave
It's under, under, under my feet The scene spread out there before me Better I go where the land touches the sea There is my trust in what I believe
That's what keeps me, That's what keeps me, That's what keeps me down, To leave it, believe it, Leave it all behind
Shifting the dream Nothing could bring me further from my old friend time Shifting the dream Charging the scene I know where I marked the signs I suffer dreams of a world gone mad I like it like that and I know it
I know it well, ugly and sweet A temperament who said believe in his dream
That's what keeps me That's what keeps me That's what keeps me down I set it on there lightly I sent it off in an airplane That never left the ground
That's what keeps me...
Lift me, lift me, I attain my dream I lost myself, I lost them Heartache calling me I lost myself in sorrow I lost myself in pain I lost myself in gravity Memory, leave, leave, leave
That's what keeps me...
Midnight hands, my eyes are still I walk into the scene Shoot myself in a different place Leavin'
Longed for this to take me, Longed for my release Waited for the coming Leavin', leave
La de Eskorbuto es una larga historia que, por fortuna, podemos comenzar a contar justo por el principio (el disco, por cierto, ocupa la posición 82 de nuestra lista de discos vascos):
Santurtzi (Euzkadi), 1980
La leyenda de Eskorbuto se comenzó a gestar en el bar Jandros, garito porrero y rockero del Santurce de muy principios de los 80. Y creo que es muy importante detenernos, por unos instantes, en este pueblo portuario de la margen izquierda de la Ría del Nervión. A todos nos suena, claro, de aquella vendedora de sardinas de la canción que iba todos los días hasta Bilbao “por toda la orilla” (catorce kilómetros, creo). Pero el verdadero espíritu de esta villa portuaria es más sucio y oscuro que la vitalista melodía de la canción de marras.
Pasa en esta ría que divide en dos márgenes completamente opuestas el Gran Bilbao, que los burgueses viven a un lado (el derecho) y los obreros al otro (el izquierdo). Y aún hoy, lejos de las épocas más clasistas de décadas remotas del siglo XX, hasta un niño de cuatro años podría ver las diferencias entre el aspecto de los edificios de ambos lados de la ría. Y, porqué no, también entre los estilos de sus gentes. Y no diría esto tan a la ligera si no supiera que, por lo general, los habitantes de una parte u otra llevan con bastante orgullo (no sé si de clase o qué) ser de una franja u otra.
La imagen más clara que me viene al pensar en la Márgen Izquierda, donde ahora nos encontramos, la resumen un puñado de memorias de los viajes en tren desde Santurce, precisamente, hasta Bilbao en mi primer año de carrera. Las viejas fábricas abandonadas, los Altos Hornos de Vizcaya en ruinas, que antaño significaron la prosperidad de la zona, donde tantos extremeños, castellanos, andaluces y gallegos emigraron y donde tanto se sufrió la desindustrialización de los 80. No sé hasta qué punto el metro, todavía en construcción, habrá cambiado la ubicación del trayecto con respecto a las viejas vías. Pero aquel es uno de los recorridos más guapos que uno puede hacer por la zona.
En lugares como esta zona gris, extrarradio bizarro de una ciudad pequeña, el punk más fiel a los viejos principios campaba a sus anchas. Aquí donde el “No Future” era más que un eslogan, una forma bastante fiel de interpretar la realidad, nació el grupo más punk (en opinión de quien esto narra) de la historia del género. También porque en esta zona de Bizkaia existieron (y existen) fricciones y motivaciones políticas muy arraigadas en la sociedad (antes, supongo, más que ahora) y la heroína como problema social y juvenil, tenía igualmente todas las papeletas para explotar cual coche bomba en la puerta de una discoteca.
Todos estos factores, entrecruzados en la historia de este sitio por motivos tan complejos como poco caprichosos, hicieron posible un grupo como Eskorbuto. Pero, si perdonáis la pasión de este aprendiz lenguaraz, volveré al Jandros, donde pinchan una canción de los Doors o los Who y se respira a haima mora. En una mesa están sentados Iosu Expósito, Juanma Suárez y Roberto Moso; a los que puso en contacto el mercado negro de hachís y ha acabado uniendo la música.
De izquierda a derecha, Paco, Juanma y Iosu.
Llegados a este punto, nos tenemos que referir al libro ‘Flores en la Basura’, escrito por éste último, para ilustrar la historia con un relato de primerísima mano. Primero habla de Iosu:
“Era rubio, melenudo y con barbas. Llevaba una chamarra roja ceñida con cuadros blancos, unos vaqueros resobados y unas camperas machacadas. Portaba también una guitarra llena pegatinas, la más grande de todas me puso en guardia enseguida: era la “diana” de los Who. Era la viva imagen de un rockero-macarrilla de barrio. Sus ojos azules tenían un brillo de malicia. En efecto, me había pillado.
Encontrar entonces adictos a la distorsión no era tan sencillo. Los enganchados al rock & roll nos olfateábamos y nos juntábamos como bestias en celo pero lo de Josu era único. Para contarte tal o cual episodio de la historia de los Who emulaba una por una la puesta en escena de todos los componentes. Recuerdo representaciones entusiastas en el portal de mi casa y vecinos aterrados que creían que le habría dado un ataque de epilepsia. Pete Townshend, Keith Moon, Roger Daltrey y hasta el soso de John Entwistel se reencarnaban en su nerviosa figura, y como buen mitómano, era el doble de espectacular que ellos.
Josu se había fumado todos los “Popular 1” y todos los “Disco Express” del mundo y recreaba también toda aquella literatura como Alonso Quijano hacía con los libros de caballerías. Aquella pobre guitarra recibía golpazos constantemente y nunca se rompía, si acaso le ponía otra pegatina sobre la grieta y en paz. Parece que lo estoy viendo, marcando acordes y activando la púa a velocidad de vértigo, siempre con un cigarro entre los nicotinosos dedos. Josu y yo pasábamos largas horas soñando otros mundos con más acción y más interés pero Zarama se le acabó quedando pequeño(…)”.
Y luego de Juanma:
“Juanma era alto, con cara redonda y melenas a lo Jim Morrison –de hecho le encantaba el “Roadhouse Blues”– pero lo que realmente le iba era la “química”. Para hacer un estudio sobre los efectos de cualquier sustancia, nada mejor que tomar apuntes después de estar con él una tarde. Juanma era de otro barrio heavy de Santurtzi: Kabiezes, por alguna extraña razón, los que bajaban de allí eran auténticos kamikazes del pastilleo, vivía cerca del cementerio y siempre se le notó. Le encantaban los temas escabrosos. En un momento de auténtica crisis en nuestra banda, Juanma y yo nos pusimos a fantasear con la posibilidad de montar otra. En aquellos días estábamos enganchados con los Ramones y pensábamos hacer algo así: fácil, rápido, directo”.
Roberto Moso haría carrera en su grupo de toda la vida, Zarama, pero además de cronista casi oficial, también puede presumir de haber bautizado a la banda:
“El nombre surgió sin más, porque sonaba “como si vomitas al decirlo”: “Eskor...¡BUTO!”, y después de hacer unas risas con la ocurrencia, Juanma apareció al día siguiente diciendo que había tenido sueños delirantes con el nombre y le parecía perfecto”.
Y continúa:
“La mecha eskorbutiana estaba ya encendida y la llama se dirigía imparable hacia el barril de pólvora. Juanma, Josu y Laiki ficharon a un batería de Kabiezes –apodado el “Gu”– y pusieron en marcha la leyenda. Josu aportaba sus visiones apocalípticas, sus sueños febriles de imposibles revueltas sociales, su orgullo de generación, de barrio y sobre todo, aunque resulte chocante hablando de un grupo punk, su instinto comercial, su extraordinaria capacidad para crear canciones himno de estribillos contagiosos. Juanma, por su parte, aportaba las pesadillas. La vieja que le atormentaba en su infancia, la tierra dominada por los dinosaurios, los muertos, obsesivamente presentes en toda su obra”.
Y si queréis saber más, acudid al link del libro referenciado (aquí está el del capítulo V: Eskorbuto), que para eso se ha colgado íntegra en la red.
De momento, nos quedamos aquí en la historia de Eskorbuto, que volverán a aparecer en esta lista. Lo escrito más arriba sólo pretendía evocar parte del espíritu de aquella época. Así, puede que los temas elegidos sepan todavía mejor. Eran jóvenes, relativamente sanos y todavía no se habían desengañado de absolutamente de todo. Las muestras sonoras no tienen demasiada calidad, pero suena bien, suena a rock'n roll, suena a mítico.
El calor se filtra pegajoso por las ventanas junto con el rumor de la calle, que aunque tenue se insinúa ya fuerte. Todavía es temprano. “¡¡Maaami!!” el grito de la vecina rompe la mañana, que cada día da la hora, como si fuera un reloj de cuco. Las siete en punto. “¡¡Maaami, las llaves! Oye, pero ¿qué es lo que tú haces?”
La Habana se despereza y comienza la actividad caótica, tumultuosa, frenética. Los puestos de comida salen de las casas a través de los barrotes y de los estrechos portales. Pan con tortilla, o mayonesa y refresco. Y más abajo, en la casa de la esquina, café solo, fuerte, por un pesito nacional, que la señora tiene preparado en el termo desde bien temprano. “¿Qué bolá asere?, ¿qué bolá?”. Comienzan los saludos mañaneros. Los gritos de un lado a otro de la acera se juntan con los carros que pasan sorteando los baches de las calles. El olor a pan se mezcla con la gasolina mal quemada de las máquinas, Chevrolets del 52, que recorren “en línea” Centro Habana hasta el Vedado.
Yoel ya hace ahora dos horas que se levantó porque la guagua que pasa por su casa, en San Miguel, lo hace muy pronto y siempre llena. La siguiente ya es muy tarde. Sabe que al llegar a Centro Habana lo primero que tiene que hacer es ir a por café, que se lo ha pedido Marta, la señora de la casa particular donde trabaja. Consiguió el trabajo hace unos años gracias a su tío Rubén, que le hacía unos apaños a Marta y le recomendó. A Yoel le gusta trabajar ahí porque tiene la oportunidad de conocer a muchos “yumas”, turistas que visitan la isla, y le pueden conseguir cosas que aquí son imposibles de encontrar. Recuerda a dos italianos, no hace mucho, que le regalaron un ipod de esos y ahora va por la vida escuchando música.
Cuando llega, hay cola, como con todo. Pero está vez, desde el huracán Ike, parece que cada vez hay más gente. Lo bueno de hacer cola para todo es que ahí te puedes enterar de casi cualquier cosa. “Ay, mija, desde el huracán es que no hay de nada, y me dijeron que a Fulano se lo llevaron preso el otro día por vender papas en la calle”. Doña Rosa es una sexagenaria que se pasa la vida sentada en su mecedora y se entera de todo lo que pasa en Centro Habana y, por extensión, en la Habana entera. “Y a Mengana le pillaron con más huevos que los de la cartilla y le pusieron una multa. Óyeme, si esto se pone como en el periodo especial, yo me hago jinetera”. “¡Pero mima! ¿Qué cosa esa?, y ¿quién te iba a querer a ti?”. Arelis y doña Rosa, cuando se juntan, parecen cómicas, con ese humor negro que a Yoel le hace tanta gracia. Sabe que es característica propia del cubano, no importa lo mal que estén, siempre acaban sacando humor a las cosas.
“Yoel, hijo”, Arelis es la más chistosa, “¿sabes cuáles son las tres palabras más fáciles y las tres más difíciles en Cuba?”. Yoel se lo sabe de memoria. “Las fáciles: trabajo, estudio y fusil. Las difíciles: desayuno, comida y cena”. Esos chistes son todos del periodo especial, cuando cayó el bloque comunista ruso y en cuba no había de nada. Yoel era muy niño, pero se acuerda del agua con azúcar que le daba su abuela cuando salía del colegio, para matar el hambre. De esa época es también famosa la capacidad resolutiva del pueblo cubano, capaz de inventar cualquier cosa para salir adelante. Los cubanos dicen que lo último que se pierde no es la esperanza, sino el ingenio. La cola avanza lentamente a medida que la temperatura se hace más intensa.
Lidya va caminando por las calles de Trinidad pensando en sus tacones. Toda la vida andando con una altura desorbitada y ahora tiene que andar con zapato plano. “Con este maldito empedrado español no hay quién se calce unos tacones”. Y eso que reconoce, ella, habanera como es, que Trinidad es muy lindo. Se dirige a la casa de la música porque por la noche tiene espectáculo. Pero, además va a buscar a algún turista para sus clases de salsa. Normalmente da clases de baile a niñas, pero necesita dinero porque se le ha roto el reproductor de cedés y tiene que sacarlo de donde sea; porque claro, eso, en las tiendas no hay.
Es lo que tiene vivir con dos monedas, piensa Lidia. Cobrando como cobra en moneda nacional tiene que andar siempre resolviendo para conseguir moneda convertible, los CUC. Y es que todas las cosas que sean bienes de consumo, es en convertible. “No es fácil” -se dice- “nada fácil, pero no imposible”. Está acostumbrada a enseñar baile a los turistas y sabe que muchos vienen porque saben que Cuba es el lugar idóneo. “Llevamos el ritmo dentro, los cubanos somos alegres, salsones” le cuenta Lidya a una española interesada. “Eso sí, aquí no hay vida para los mariaos, hay que ser vivo”, lo dice chasqueando los dedos moviendo y los hombros con aquel salero propio de los que llevan toda la vida moviendo el cuerpo.
Las horas pasan volando, sin darse cuenta ha empezado a anochecer en el malecón de la Habana. Yoel mira el reloj, ya quedó y va un poco tarde. Acaba de despedirse y sale repeinándose. Va a descargar. Es lo bueno de cuba, piensa con media sonrisa, siempre hay fiesta, música. Lidya acaba de maquillarse y observa la plaza de la Casa de la música desde detrás del escenario. La gente está alborotada con la música que suena y el calor del ron se siente en las conversaciones. Empieza el show. Continúa el espectáculo.
La noche cae en Cuba. Otras historias empiezan.
Glosario:
Bloqueo
El embargo de Estados Unidos contra Cuba, (conocido en Cuba como el bloqueo) es un embargo comercial, económico y financiero impuesto sobre Cuba el 7 de febrero de 1962, con el objetivo de presionar al gobierno cubano. En 2008 el embargo sigue en pie y es uno de los más duraderos de la historia. Ha sido condenado quince veces por las Naciones Unidas, que reconocieron que lastra la economía cubana.
Periodo Especial
Con la caída del comunismo en Europa del Este, Cuba perdió la mayor parte de sus socios comerciales, particularmente de la URSS. Las industrias se fueron debilitando poco a poco y la economía cayendo. En 1993 la situación se agravó mucho más. Esta situación hizo que intensificara el flujo migratorio de Cuba. En particular una peligrosa forma de emigración ilegal con los llamados balseros quienes, desesperados, se lanzaban a cruzar el estrecho de la Florida, en embarcaciones artesanales.
Cartilla de Racionamiento
Por la cartilla de racionamiento le corresponde a cada cubano mensualmente: 6 libras de arroz, 1 lb. de granos, 5 lb. de azúcar, 1 lb. de sal, 1 lb. de pastas, 8 huevos, 1 lb. de pescado, 1 lb. de picadillo texturizado, 1 lb. de pollo, ½ lb. de aceite (cuando hay disponibilidad), 3 lb. de papas, 5 lb. de boniato, 3 lb. de plátano y un pan diario. Los cubanos dicen que esas proporciones sólo les cubre de 10 ó 12 días del mes, el resto tienen que inventar.
Casas Particulares
Son la alternativa más económica para el turismo. Los cubanos pagan un impuesto mensual al Estado para poder alojar a turistas en sus propias casas. Es una buena manera de conocer cómo viven las familias cubanas.
Moneda Nacional y Convertible (CUC)
En Cuba circulan dos tipos de monedas: el Peso Cubano (CUP) y el Peso Cubano Convertible (CUC). El CUC se emite por primera vez en Cuba en el año 1994. El Peso Cubano Convertible se usa para pagar en los lugares turísticos, restaurantes, tiendas, supermercados y en muchos otros lugares. Las frutas y los vegetales se pueden comprar en el agro mercado en Peso Cubano o moneda nacional. Un CUC equivale a 24 Pesos Cubanos.
El espectáculo que empieza con Whitechapel no tiene que ver con sus edificios de ladrillo semiderruidos y llenos de grafitis, ni con las mezquitas y sus medias lunas, ni con sus galerías de arte underground, ni con su mercado, ni con los envoltorios de comida basura amontonados en las esquinas; sino con la gente que la transita, que compra en sus tiendas y espera en las paradas de autobuses: urbanitas profesionales con auriculares que cubren toda la oreja, mujeres vestidas de negro que no enseñan ni la piel de sus manos, yonquis bebiendo cerveza en el asfalto, negros con un peine clavado en el pelo y viejos que visten como el último día que salieron de Bangladesh. El verdadero espectáculo que comienza con el East End londinense, donde muere la City y sus impresionantes edificios de cristales llenos de aburridos oficinistas con corbata, tiene que ver con su flujo de humanidad y las historias que flotan en el aire. Allí la ciudad se convierte en urbe; gris, mastodóntica y desalmada. Imperfecta y fea.
El último bastión de la ciudad que venden las agencias de viajes es la estación de Liverpool Street, donde cada tarde los londinenses levantan la cabeza para ver qué tren les llevará a casa. A unos pasos de la estación, se encuentra la inquietante iglesia de Spitalfield y, un poco más allá, Brick Lane, sus restaurantes de curry, sus garitos alternativos y su mercado de los domingos. El turista avezado pronto sabrá leer en las paredes algún mensaje de ese artista invisible llamado Bansky. Y sabrá que detrás de esa fachada amable de barrio multicultural, de mayoría bangladeshí, late el corazón de lo más profundo de esta ciudad inabarcable. En uno de sus extremos, Brick Lane se topa con Whitechapel High Street (apunto de convertirse en Whitechapel Road), una de esas avenidas interminables que van mutando el nombre en su infinita travesía por el este de la urbe.
Hay ciudades que no acaban con el último monumento que aparece en las postales. Hay sensaciones que sólo se pueden describir con la mezcla de acentos, de colores de piel, formas de entender el mundo, historias personales y vapores de carne quemada y patatas fritas que salen de sus restaurantes; el olor de la humanidad. Y nada de esto es comparable con hacerse una foto bajo el Big Ben o ver el cambio de la guardia en el Palacio de Buckinham. Creo que era Cortázar el que decía que para conocer una ciudad hay que perderse en sus calles. Y sentarte en una esquina a observar a sus verdaderos habitantes, añadiría yo.
Bienvenidos a Whitechapel. Bienvenidos al East End.
"Al final, lo peor de todo. El East End" ...de Gotham.
Whitechapel, como la mayoría de barrios de su estilo de otras grandes ciudades occidentales, cimentó su fama, su personalidad, a mediados del siglo XIX. Aunque ya desde el siglo XVI había sido un barrio marginal de Londres, por su ubicación, más allá de las murallas. La revolución industrial reinventó el trabajo, el capitalismo, los sistemas políticos, los ideales, las migraciones, la urbanización... En 1867, el filósofo alemán Karl Marx publicaba El Capital, que había meditado y escrito en la biblioteca del British Museum. Londres era la capital del planeta. Y, por eso, llegaban de todas las revoluciones europeas fallidas de 1848, intelectuales como Marx, que se instalaban en el Soho y en barrios del centro de la ciudad. A Whitechapel llegaban los inmigrantes para los que realmente se inventó la palabra: irlandeses que huían del hambre y judíos que escapaban de los Progroms rusos.
La capital del Imperio Británico era la urbe más grande, más poblada, mejor comunicada y más rica del planeta. Pero también la más miserable. Y en plena época victoriana, el East End londinense era el barrio de los inmigrantes, el barrio de los pobres, el barrio de las putas y, a partir de 1888, de una vez y para siempre: el barrio de los asesinatos de Whitechapel, el barrio de Jack el destripador.
Hawksmoor's church en Spitalfields.
Hay muchos aspectos que envolvieron de misticismo aquellos días de 1888 en Whitechapel, teñidos de rojo por los asesinatos de un puñado de prostitutas a manos (y cuchillos) de un sádico cabrón. El primero, la ubicación temporal de los asesinatos, la época victoriana. Segundo, todo lo que el asesino (con la ayuda de la prensa) evidenció de aquella sociedad sucia y despiadada. Tercero, la saña con la que los asesinatos fueron llevados a cabo. Y cuarto, que el nombre del asesino nunca se haya sabido a ciencia cierta, factor que ha obsesionado, desde entonces, a escritores, detectives, policías, periodistas, sacacuartos, charlatanes... todos ellos, a su vez, generadores de otras tantas teorías conspirativas.
En el oscuro otoño de 1888, un asesino o asesinos acabaron cruelmente con la vida de cinco prostitutas, en lugares públicos de los alrededores de Whitechapel y Spitalfields. Las víctimas se relacionaron con el mismo asesino, por la brutalidad con que fueron cometidos los crímenes: mutilaciones, extracciones de órganos...
Aunque hubo más asesinatos como aquellos en la Whitechapel de la época, al final, cinco mujeres han acabado siendo las víctimas oficiales de Jack el destripador: Mary Ann Nichols (asesinada el 31 de agosto de 1888), Annie Chapman (8 de septiembre), Elisabeth Stride (30 de septiembre), Catherine Eddowes (30 de septiembre) y Mary Jane Kelly (9 de noviembre de 1888). La última de las víctimas era la más joven de las cinco, sólo tenía 25 años.
Aquella oleada de asesinatos, que se detuvo justo antes del comienzo del invierno, cruzó fugazmente los destinos de “personajes tan dispares” como Buffalo Bill Cody, John Merrick (el hombre elefante), Oscar Wilde, Aleister Crowley y el director del Comité de Vigilancia de Whitechapel, George Lusk, al que le fue dirigida la única carta que ha sido atribuida (con un 100% de fidelidad) al asesino. Aquella, firmada por un tal Jack, iba acompañada de medio riñón humano y comenzaba con el ya mítico “From Hell”...
Dedicatoria conseguida en el Salón del Cómic de Getxo del 2003, en mi álbum rojo de Herminio Bolaextra.
Los que me conozcan, me habrán oído decir alguna vez aquello de que "Mauro Entrialgo es la polla, dibuja como dios, me hace una gracia de la hostia, si yo fuera mujer quisiera que fuera el padre de mis hijos" y otras enjabonadas del estilo. Por eso, Herminio Bolaextra forma parte de la cabecera de esta humilde bitácora, y mis estanterias tienen más libros entrialguianos que de cualquier otro autor de cómics español.
Mauro, probablemente, no es el mejor dibujante de cómics del país, pero siempre es Mauro y (casi) siempre me gusta (casi) todo lo que hace. Y más que por sus inconfundibles dibujos (que tampoco son los mejores, pero me encantan), Mauro me mola por su sentido del humor y su visión del mundo, de la cultura popular y del formato en que trabaja. Y me gustan, especialmente, sus obras más sucias, como los primeros Herminios, por su capacidad de rebasar cualquier línea de corrección política y provocar carcajadas histéricas. Aunque siempre he echado de menos algún álbum más de historieta larga y menos inmediata, como Recortes de Hostias.
A través de su blog, he llegado hasta el video que podrán ver más abajo. El dibujante nos enseña su cuaderno de bocetos del mes de agosto. Y los que me conocen ya sabrán, que el papel y los cuadernos llenos de notas, recetas, bocetos o garabatos son otra de mis aficciones. El cuaderno está muy bonico, les recomiendo que no se lo pierdan.
"El Pekín que están viendo los visitantes y los espectadores durante los Juegos no es el Pekín real. Es un Pekín peinado con permanente, en el que los atascos habituales han dejado de ser habituales porque han sido retirados un millón y medio de coches, en el que el polvo en el aire ha disminuido drásticamente porque todas las obras han sido paralizadas, en el que decenas de miles de obreros inmigrantes han sido obligados a volver a sus pueblos, en el que faltan miles de residentes extranjeros porque las autoridades han restringido los visados, en el que el Gobierno ha dicho a sus ciudadanos cómo hablar con los extranjeros y qué contestar a los periodistas, en el que han sido silenciadas aún más las voces disidentes, en el que los taxistas han sido obligados a vestir camisa amarilla, pantalón azul e incluso corbata, algo que ni siquiera hacen muchos empresarios chinos.
(...)
Desde que logró los Juegos, en 2001, Pekín ha construido nuevas líneas de metro, excelentes estadios deportivos, un espectacular aeropuerto, una gran ópera, y modernos rascacielos. Las obras que no han sido finalizadas o los inmuebles que puedan dar mala impresión han sido ocultadas tras vallas publicitarias gigantescas, con el eslogan olímpico Un mundo, un sueño. Todas las ciudades que celebran unos Juegos pretenden con ello lograr proyección y ganar dinero a la larga. Para Pekín, son, además, una forma de sancionar el papel de China como potencia mundial."
José Reinoso escribía 'Pekín Potemkin' en El País el 10 de agosto, al calor del pistoletazo de salida de la XXIX Olimpiada. Sus crónicas desde la capital china han sido, en mi opinión, el mejor viaje escrito de la cita olímpica.
Como en aquel tebeo, le pregunté a mi amigo Iosu (habitual comentarista anónimo de este circo) qué hora era y él me respondió “verano”. Me he echado a la carretera con una bolsa a la espalda y unos cuantos colegas, y hemos sudado las autopistas, las pistas de baile de las fiestas de los pueblos, las playas y las montañas. Este verano, como otros en otras orillas, he querido que el viaje sea el leit motiv estival. Pero al comulgar con el ejemplo, he dejado desatendidos mis escritos virtuales. La sabiduría y los garabatos de mis odiseas han ido a parar a mi cuaderno Moleskine, y creo que aunque quisiera, no podría traducir aquí la emoción de la tinta negra sobre el papel.
Los mejores viajes son los que se hacen casi por sorpresa. En uno de los comentarios de este blog, iratxo me dijo que quedaba una bala en la recámara del verano. Así que mañana zarpo hasta Gernika, capital indiscutible de EuSKAlegría este fin de semana, para ver a los míticos Skatalites, las raíces del árbol genealógico de la mitad de la música contemporánea.
Lo mejor que te puede pasar cuando acaba un viaje es encontrar deprisa otro destino.
La música del post la pone Desmond Dekker, que también es jamaicano, pero que nunca formó parte de los Skatalites. Es la canción de mis viajes de estos últimos días de verano. Que la disfruten, por lo menos, la centésima parte de lo que yo la he disfrutado.
Wall E, dirigida por Andrew Stanton, es la última película de la factoría Pixar (Toy Story, Monstruos S.A, Buscando a Nemo, Los Increíbles, Ratatouille). He estado repasando mi lista de superlativos y me ha parecido demasiado floja para escribir un post más largo sobre esta maravilla del cine contemporáneo. Seguramente esta misma tarde la echen en su sala de cines más cercana. ¿A qué esperan?
Brian the Brain es una creación del primer autor de cómics español del siglo XXII: el imprescindible Miguel Ángel Martín. Las aventuras de este infante supracerebral se publicaron hace años en los míticos y bonitos Brut Comix de La Cúpula. Hace unos tres años, la mentada editorial recopiló todo el material de Brian incluído en los Brut, más unas cuarenta páginas inéditas, en un único tomo titulado igual que su protagonista. Su lectura, para ustedes, gente insensata, es tan imprescindible como echar un pis todas las mañanas según se levantan de la cama. Luego me vendrán a decir qué les sugiere la palabra inquietante y si han encontrado una nueva frontera para su significado.
Mientras sus dedos teclean la nueva temporada de Nacido en Democracia, nuestro querido colaborador Demian inaugura La vieja tesela, algo más que un entretenimiento veraniego.
Buenos tiempos para el ladrillo...
El verano de 2008 nos está dejando helados. Los turistas franceses y alemanes llegan a las costas de la Península Ibérica con el chip muy cambiado. Puesto que las playas y el sol siguen siendo gratis, ahora les vemos comprando sus viandas en los supermercados y escrutando las etiquetas de los precios con ojo avizor. Esas rubias cabelleras con sus blancas pieles que en los años 60 llegaban para destapar la virginidad de nuestro Mediterráneo, ya no se toman la paella sin mirar la cuenta después. Algo ha cambiado en el ritmo de nuestros millones y millones de visitantes.
El paro ha subido este verano en España. Ha sido la misma sensación que echarle un hielo a un vaso lleno hasta el borde. Aquí yace un cadáver todavía caliente. Nadie se atreve ya a prometer que la economía se recuperará pronto. Parece que tendremos que esperar una resurrección que la mayoría de gurús del capitalismo europeo sitúan en 2010 como pronto.
A los españoles no les gusta el cambio. Se alteran mucho con la inestabilidad, prefieren la calma y la estabilidad como medio de vida. De esta forma, el gobierno de Zapatero ha ido día a día asimilando la situación. Sin ningún tipo de aspaviento el ejecutivo español ha diluido dos meses de nuestra vida en el debate de si empleaba la palabra crisis o no para referirse a nuestra actual situación económica.
Nos encanta que los planes salgan bien...
El Partido Socialista afirma que no desactivará las políticas sociales como, según ellos, pretende el Partido Popular. El debate es tan pobre que ni eso hemos escuchado del principal partido de la oposición. La derecha exige medidas, pero ni siquiera se molesta en explicar cuáles son las suyas porque ya da por hecho que todo el mundo las conoce. No se pueden desactivar políticas sociales en España porque son tan mínimas que el retroceso sería escandaloso, y su repercusión sobre la actual crisis inexistente.
La parte más silenciosa, la de los números que aumentan las listas de desempleo ya comienza a hacer ruido en las cabezas de muchas personas. Son muchas las incógnitas sobre las reacciones, pero no parece que vaya a haber ninguna. La patología de lo que acontece hace imposible cualquier tipo de reacción.
Foto sacada hoy mismo, lo juro.
El Estado español ha basado el crecimiento del último lustro en el sector de la construcción ¿Y ahora qué? El mañana ha llegado y la burbuja con la que tanto pan se comió ayer ha traído el hambre de hoy. La buena noticia es que todavía quedará alguna playa con un centímetro no asfaltado en nuestras costas. Además, parte del escandaloso sistema de corrupción financiera e inmobiliaria que ha arrasado los ayuntamientos de norte a sur podría remitir. El dinero fácil que todo lo ha comprado en esta época se va esfumando, y sólo quedan pozos de hipotecas y deudas con intereses que suben de forma constante.
Con los sindicatos subvencionados convertidos en una suerte de protectores últimos del liberalismo más exacerbado, resulta una incógnita saber a donde dirigirá su mirada la clase obrera. De momento, este mes se ha lanzado el Iphone de Mac, que desde luego se ha vendido como rosquillas. Esta crisis es un buen espejo en el que cada sociedad y cada individuo pueden mirarse para ver qué posición ocupan en el tablero.
Hay viajes que duran más de lo esperado. Hay viajes que se convierten en pesadillas de las que es imposible escapar. Hay viajes que nos salvan la vida o, según se mire, nos condenan a un largo martirio. Como aquello que contaban los marineros sobre los naufragios, que uno nunca sabe si la suerte la tienen los supervivientes o los ahogados. Pues lo mismo pasa con las explosiones nucleares. Uno nunca sabe si vivirlas en primera fila, donde la muerte es espectacular e inmediata, o a cincuenta kilómetros del epicentro, donde la radiación llega en forma de desechos humanos y dolor, mucho dolor.
Perry y Gordo se libraron por los pelos del ataque nuclear norcoreano sobre Seattle, la ciudad donde solían vivir. La bomba estalla mientras ellos vuelven de una reparadora semana respirando el aire limpio de la montaña. Perry es un reputado informático, que se dice alienado, desencantado con su gris vida de nerd pegado a una pantalla. Gordo es un trapichero cualquiera. Son una pareja de urbanitas acostumbrados a comprar la comida en el supermercado de la esquina, lista para calentar en el microondas.
La bomba ha estallado en la ciudad y no hay mucho más que nuestros protagonistas sepan sobre lo que realmente ha ocurrido o está ocurriendo en Seattle. La radio no funciona y la información que llega de fuentes oficiales es escasa y sesgada. Se encargan de decir que todo va bien, pero en los bosques que rodean el epicentro de la catástrofe se palpa la desesperación, la confusión, el pánico, el caos. Los que han conseguido escapar de la ciudad tienen la piel quemada y sus ojos han perdido toda la esperanza. Los que han vivido el atentado desde fuera de la zona de radiación, no estarán dispuestos a mezclarse con los contaminados. Y nadie sabe qué cojones está pasando en el resto del país.
La principal pregunta que plantea Apocalipsis Friki (Peter Bagge, La Cúpula) es hasta dónde estaría dispuesto a llegar un "young urban professional freak" para sobrevivir una catástrofe nuclear en un entorno hostil: la montaña. Una pregunta extensible a cualquiera de nosotros, lectores de cómics y amantes de los what if... (qué pasaría si...). ¿Serías capaz de traicionar a tu mejor amigo si eso significara un día más de supervivencia? ¿Estarías dispuesto a robar? ¿A matar? ¿A comer carne humana? O aprovecharías la última bala del cargador para ponerle fin al tonto sufrimiento de vivir, cuando sabes que cada segundo que te queda por delante va a ser pesado y doloroso.
Apocalipsis Friki es el libro más jarto e inquietante de todos los que he leído de los firmados por ese gurú llamado Peter Bagge. La mayoría le recordaréis por ser el autor de la maravillosa serie Odio, que según informaba ayer el Blog Ausente, está siendo actualmente reeditada en "volúmenes integrales". En la introducción a Apocalipsis Friki, Bagge recuerda que un diplomático de Corea del Norte se jactó en la radio "de que su país tenía (...) capacidad de lanzar una bomba nuclear contra Seattle". Esto ocurría a principios de 2003, cuando el gobierno de George W. Bush ultimaba los detalles de la invasión de Irak. El autor recuerda que encontró la noticia "bastante desconcertante, ¡entre otras cosas porque vivo en Seattle! Naturalmente empecé a especular con el "y si..."
Y continúa diciendo, "estoy seguro de que todo el mundo se ha imaginado que pasaría si fuese el último ser humano en la tierra, o uno de los pocos supervivientes de algún tipo de desastre monumental. Para mí, este tipo de imaginaciones toman la forma de una fantasía, en la que tengo suficiente comida y recursos para no sólo sobrevivir sino también prosperar, mientras deambulo por un planeta sin trabas, recogiendo los restos de la civilización. Para este libro, me he obligado a imaginar de la forma más honesta y realista cómo serían las cosas para alguien como yo viviendo esa situación, con pocas o ninguna habilidad para sobrevivir."
La nueva obra del maestro del comic underground noventero es uno de esos cómics que se acaban de una sentada y dejan un dulce sabor de boca. Personalmente, han sido mis 13 €uros (13, precisamente) mejor invertidos de todo el mes de julio. El señor J Calduch posteaba, no hace mucho, esta apasionada reseña, en la que insistía que esos 13 €uros era todo lo que usted necesitaba para sobrevivir el Salón del Cómic de Barcelona de este año.
Recapitulando: el dibujo de Bagge es el de siempre (inconfundible), plasmado además con las tres bellas tintas que pueden apreciar en las viñetas expuestas, el sentido del humor también sigue siendo Bagge, pero la tónica general es mucho más sombría de la que estamos acostumbrados. Sobrevivir no va a ser tarea fácil. Los que lo leamos, sin embargo, lo tendremos un poquito más fácil cuando empiecen a caer las bombas en el horizonte. Ya estaremos preparados para el viaje.
Un servidor todavía es de los que se dejan caer por el cine y se meten, a ciegas, a ver cualquier película de título prometedor o cartel sugerente; siempre que no haya algún título que quiera ver de antemano, claro está. Lo cierto es que me aburro mucho y el cine es el único espectáculo que puede pagar mi agujereado bolsillo y ahora, en verano, los rinconcitos más frescos de la ciudad están en las salas de cine, ya saben. Ayer domingo, después de un largo debate interno frente a las taquillas, descarté meterme en Indiana Jones, porque no iba acompañado, ni tenía dinero paracomprar palomitas, y me decidí finalmente por La Leyenda del Dj Frankie Wilde, de la que no recordaba haber oído nada, pero que era británica e iba a tener aquello de sexo, drogas y todo lo demás a destajo. Al fin y al cabo, se trata de la historia de un DJ, ¿no?
Si ustedes son aficionados a la música y al cine, recordarán ese momento en el que Steve Coogan (disfrazado de Tony Wilson, en el nunca bien ponderado film 24 hour party people) pasea por la Hacienda, el famoso club de Manchester, y señala la cabina del DJ. La música popular acaba de cambiar para siempre, el público ya no anima a una banda o a un solista. Hay una nueva entidad mística en la música que crea ruido con dos viejos platos y una colección de vinilos que, por la edad del músico, deberían ser de su padre. Una entidad que nace espiritualmente en los sound systems jamaiquinos de la década de los 70, encuentra su identidad en las barriadas de Nueva York y Manchester en los 80 y alcanza su particular cúspide en las catedrales del baile de Ibiza. A estas alturas, no sorprende a nadie la figura de un pinchadiscos levantando a golpe de mezcla sonora a una masa drogada, enamorada y sudorosa que implora más desde la pista de baile. Más música, más amor, más drogas, más sudor, más Disc Jockeys... hasta que llegue el amanecer y, entonces, ya veremos...
La historia de It’s all gone Pete Tong (título original de La Leyenda de...) cuenta la historia de Frankie Wilde, el DJ más popular de Ibiza. Lo ha sido durante once años y su vida, como la de cualquier otro DJ famoso en esa isla del Mediterráneo, gira entorno a sus cascos, sus platos, la mesa de mezclas, su colección de chanclas, largas rallas de cocaína, mujeres exuberantes, paseos en yate, y todos esos motivos por los que cualquiera quisiera ser DJs, aunque no le gustara la música de baile. Frankie es uno de esos DJs que no sólo pincha discos, sino que juega con el cuerpo de la peña con sus ráfagas de beats, subidas, bajadas y más subidas. Con el simple movimiento de sus dedos, Frankie hace olvidar los problemas mundanos y susurra en el alma de los que bailan. Frankie es un DJ y productor musical único, que vive en una mansión con piscina en Ibiza, la capital de su cultura, y que se ha casado con la supermodelo que aparecía en su último vídeo musical. Lleva la palabra fiesta tatuada en la frente y a las cuatro de la mañana de un sábado, subido a la cabina del DJ, es capaz de hacer magia con el ruido.
Desgraciadamente, Frankie tendrá que hacer frente a la mayor tragedia que puede ocurrirle a un DJ en Ibiza, o cualquier otra parte del planeta: quedarse sordo. Sordo como una puta tapia. Y ahí comienza la verdadera historia de It’s all gone Pete Tong.
Entré a ver La leyenda del DJ Frankie Wilde porque me gustó el cartel y porque me gustan las pelis que van de música, drogas y fiestas, porque no me apetecía ver la cuarta parte de Indiana Jones sólo y sin palomitas, y porque era domingo, hacía un calor de la hostia y no tenía nada mejor que hacer que pasar un rato en el cine. Y no había oído hablar en mi puta vida de la película, ni del DJ Frankie Wilde, que podría ser tan real como usted, como yo o como los Spinal Tap. Echando un vistazo en el imdb nada más llegar a casa, descubro que efectivamente, Frankie Wilde es los Spinal Tal del siglo XXI. Y que "it’s all gone Peter Tong" era una expresión que se utilizaba en las calles de Inglaterra a principios de esta década, que jugaba con el nombre de un DJ de la BBC, Tong, como sustitución de "wrong" (por lo que viene a significar “todo ha ido mal”); además del título de una de las mejores películas que he tenido el placer de ver este año en el cine. Y entré a ciegas, qué suerte la mía. En esta inmensa base de datos en la que me leen, también he sabido que la película, en realidad, se estrenó en 2005 en el resto de países civilizados (!) y que al nuestro ha tardado en llegar lo que dicen sus cuentas mentales, doblada y con un título ridículo. Pero ha llegado (que no es poco).
La extraordinaria historia de la subida, caída, redención y desaparición del mejor DJ de Ibiza, el que un día viendo al Arsenal por la tele se empezó a quedar sordo, está rodada como un documental, con testimonios de gente real, extractos de programas de televisión, actuaciones en directo... y como una ficción. Una suerte de mezcla mágica entre los dos títulos de cine musical de los que hemos hablado. Cuenta, por cierto, con la sublime interpretación del actor británico Paul Kay, en el papel de Wilde, y con la dirección del canadiense Michael Dowse, que también ha rodado otro fake musical llamado FUBAR: the movie, que seguro que alguno de ustedes ya ha visto y yo me estoy bajando ahora, junto a esta misma de la que hoy hablo, pues ardo en deseos de verla en versión original.
Nunca he estado en Ibiza, pero me la imagino así.
Ayer estuve de viaje por la isla de Ibiza. Visité sus clubs, paseé borracho por sus calles y disfruté de sus bellos paisajes e inmensos atardeceres naranjas. Sentí el humo artificial de la disco en mi cara y mis ojos quedaron cegados por las ráfagas de luces. En la pista de baile, las chicas, ligeras de ropa, restregaban sus cuerpos sudorosos con la multitud y en las alturas, el DJ nos inyectaba su música, que hacía reacción al entrar en contacto con las pastillas que nos acabamos de comer, llevándonos de un lado a otro como marionetas. No lean más y compren ustedes también su billete para la película del verano (de hace tres años), será un viaje inolvidable.